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Seis meses ya

Reflexiones sobre la muerte de mi padre transcurridos seis meses desde su fallecimiento

Hoy a las ocho y diez de la tarde se cumplirán seis meses desde la muerte de mi padre. Medio año ya. Creía que el tiempo barrería de mi mente su recuerdo lentamente, como cuando el viento arrastra la arena de una playa grano a grano, pero para nada está siendo así.

Han pasado unas cuantas cosas desde que mi padre ya no está. Las manecillas del reloj del tiempo no se paran por nadie, por muy importante que haya sido en tu vida, recordándome que todo es efímero y que tiene un principio y un final: Me casé con Marian e hicimos el viaje a Egipto que tanto deseábamos hacer, de lo que espero escribir uno de estos días; mis sobrinos siguen creciendo a velocidad de vértigo camino de los veinte años, habiendo ya pasado esa barrera mitificada de los dieciocho, tan lejana cuando eres un renacuajo y quieres que el tiempo corra más rápido. Mi madre también está mejor, sorprendiéndome día a día con su fortaleza, caminando por la vida ya sin uno de sus pilares, el apoyo de su compañero desde hace más de cincuenta años.

Como cada verano nos hemos venido a Serradilla del Arroyo, al sur de Salamanca, a unos doscientos kilómetros de donde mi padre pasó su infancia, en Aliseda, Cáceres. El verano estaba lleno de expectativas, pero como siempre se ha pasado volando. Habíamos pensado el hacer un millón de cosas, pero al final nada de nada.

El primer escollo se presentó en forma de fuga de agua en mi piso de Pamplona, que gracias a la pronta intervención de mi hermana, mi cuñado y mi yerno no fue a más, pero que provocó que mi atormentada cabezota nos hiciera volver a casa unos cuantos días, para poder pelearme in situ con mi mente y con el puñetero seguro del hogar, que de seguro no tiene nada. Después, el calor sofocante que ha achicharrado a toda España nos hizo recluirnos por el día y salir al atardecer a pasear. Para acabar el verano y rematar la faena, una nueva fuga, esta vez en Serradilla, nos ha hecho estar pendientes nuevamente del seguro, ese maldito Poncio Pilatos que se quería quitar el problema de encima con la excusa de que este es un pueblo muy pequeño y alejado de la gran ciudad de Salamanca. Ya casi en el tiempo extra, conseguimos detectar la fuga y concertar una cita con el fontanero, que esperemos sea la del arreglo definitivo.

Hoy me he levantado con una mezcla de sentimientos removiendo mis entrañas. Por un lado, está el recuerdo del fallecimiento de mi padre; por el otro, ha empezado a llover haciéndome ver todo desde otra perspectiva. Estoy en pantalón corto y la humedad me cala en las rodillas desnudas. Inspiro hondo y aunque mi olfato ya no detecta el olor a tierra mojada, mi mente se lo imagina purificador, limpiando el polvo del camino y de los incendios que arrasan, día sí y día también, el hermoso paraje que una vez vio crecer a mi padre. Toco con delicadeza las hojas del rosal que tenemos en el jardín y unas gotitas de lluvia se deslizan hasta el suelo, que las recibe agradecido.

Hay pequeños detalles que me siguen recordando a mi padre, que están dentro de mí y que siempre lo estarán por mucho que pase el tiempo. A veces me sorprendo reflejándome en él, como cuando me lleno la boca para comer a dos carillos y me acuerdo de cómo se zampaba los triángulos de la tortilla de patatas que mi madre cocinaba para celebrar su cumpleaños. O me rasco la cabeza pasándome la mano y me toco esa verruga que heredé de él…

También me recuerdan a él los sonidos de los pájaros que rompen el silencio de este lugar: el arrullo de las tórtolas, recogiendo en sus buches los granos de trigo que se han quedado en el campo después de la cosecha; o ese sonido tan característico de los plateados abejarucos, que surcan el cielo al atardecer, tan difíciles de ver en Pamplona.

Pensando en él, en mi padre, prefiero quedarme con sus gestos en vida y no con su imagen en el lecho de muerte. Creo que él lo hubiese preferido así.

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