ITV parkinsoniana
Pasando la revisión con el neurólogo, mi ITV particular
El viernes pasado tuve consulta con el Dr. Clavero, mi “neurólogo de cabecera” (nunca mejor utilizado el término de cabecera
). Es lo que yo llamo mi ITV particular.
Unos días antes de la consulta, rescaté de mi ordenador el documento en el que se detallaban mis últimas sensaciones, guardado en la carpeta en la que mantengo la versión subjetiva de todas mis escaramuzas con Parki desde que tuve esa brillante idea, allá por el año 2018. Hice una copia y cambié la fecha del mismo, reemplazándola por la de la nueva visita, y a continuación le eché un vistazo para hacer las oportunas modificaciones.
Al hacerlo, me llevé la grata sorpresa de que prácticamente sigo igual que entonces, a pesar de haber transcurrido más de nueve meses desde la última consulta y de toda la situación de desgaste sufrida al final de la vida de mi padre. Eso, para un parkinsoniano, es todo un logro. No porque uno esté curado —tengo asumido que mis neuronas se van apagando y que de momento eso es lo que hay—, sino porque el mix formado por mi actitud frente a la enfermedad, los apoyos personales y los medios paliativos —la medicación y el estimulador neuronal—, están coordinados y funcionando a la perfección.
El ritual continuó ya el día de la cita, de camino a la consulta, con mi cuerpo viajando en el autobús acompañado de Marian, mientras mi cabeza estaba a miles de años luz del asiento, recreando mis primeras visitas y comprobando que, aunque mi mano derecha temblaba un poquito sujetando la copia impresa de mis sensaciones, mi pie permanecía estático siguiendo las órdenes del estimulador neuronal. Siempre que hago este viaje, me teletransporto y vuelvo inevitablemente al día de las pruebas que determinaron si sería o no apto para la implantación del aparatejo.
Sin saber muy bien cómo, me encontré sereno y sentado en el banco de madera de la sala de espera. Nuevamente reviví en mi cabeza lo pasado en anteriores visitas, en las que quería salir huyendo de allí, debido a mi ansiedad y a mi animadversión a tratar con gente que lleve batas blancas.
Dentro de la consulta, otra vez rutina. El vistazo detallado del neurólogo al documento, mientras yo me mordía la lengua para no interrumpir; la sonrisa del doctor al ver que la cosa estaba estable; el sentarse en la camilla dejando los pies colgando mientras seguía las órdenes del facultativo…
—De manera alterna, abre y cierra las manos, ya sabes como hacerlo —me ordenó el doctor—. Ahora intenta juntar el pulgar con el dedo índice, y empieza a contar en voz alta. —Uno, dos, tres… —dije con voz firme intentando que colase y maldiciendo para mis adentros el no haberme preparado la endiablada cuenta atrás desde cien y de tres en tres hasta alcanzar el cero. —¡Muy bien! —me dijo el doctor mientras comprobaba que mi pie no se había movido ni un milímetro.
Le siguió el hacer tapping con los pies —lo que yo llamo “el zapateado”—, que no es otra cosa que golpear el suelo con la punta del pie de forma rápida y con la mayor amplitud posible, manteniendo el talón apoyado.
Finalmente, después de comprobar si braceaba o no al caminar y de volver a la camilla para sentarme y llevar el dedo índice a la nariz, tocaba la prueba más desagradable: comprobar el estimulador neuronal, apagándolo mientras yo sufría una sacudida eléctrica y el pie empezaba a cobrar vida por si mismo.
—¡Está todo perfecto! —sentenció el doctor Clavero—. Además, el estado de la batería es muy bueno. A este ritmo de estimulación, quedan exactamente cuatro años y cuatro meses para que se agote. En total, desde que colocamos el segundo estimulador, van a ser unos siete años de vida útil.
Y, al escucharlo, no pude evitar esbozar una sonrisa y pensar en mi compañero de desventuras parkinsonianas, Jesús, que en menos de cuatro años había tenido que reemplazar su batería.
Al ver mi sonrisa de complicidad y detectar el pequeño desconcierto en la mirada del doctor, Marian se excusó diciendo:
—Disculpe, doctor. Pero es que estos dos (refiriéndose a Jesús y a mí) están siempre compitiendo.
