Ahorita mismo

7 mar 2024 · 7 mins

Han pasado unos cuantos meses desde la firma del finiquito de las vacaciones, como expliqué en el post de “Todo cambia”, y, por fin, hace apenas una semana, ha terminado todo.

Trascurridos los dieciocho meses y un día de la particular condena que es la baja médica, empieza a hacerse cargo de tí la mutua, en exclusiva, pagándote el 75% de tu sueldo habitual, ya sin pagas extras de por medio.

De repente, recibes una carta certificada del INSS, diciéndote que inician de oficio el procedimiento de incapacidad permanente, y que te mantengas a la espera.

Poco a poco, te vas acostumbrando a esta calma chicha, y van cayendo, casi sin darte cuenta, las hojas del calendario. Pasan los días, los meses, y hasta cambia el año, mientras esperas y desesperas.

Sigues con tu rutina de mantener cuerpo y mente lo más en forma posible, evitando pensar en lo que ocurrirá contigo, porque nadie te lo dice claramente.

Y vuelven a tí los dichosos “y si… “ de siempre, que martillean tu cabeza, una y otra vez.

Y el día que menos te lo esperas, una notificación en tu móvil te despierta en medio de la noche. Es un e-mail de la mutua, que te avisa de un próximo pago, un tanto extraño, en el mes de febrero, cuando apenas han transcurrido 13 días de dicho mes, y te pone sobre aviso de que algo ha cambiado.

Casi sin poder evitarlo, medio dormido, te frotas los ojos a la vez que te pones las gafas de ver de cerca y abres la app de la mutua, y en el apartado de bajas médicas llegas a la más reciente, titulada como “Enfermedad de Parkinson”, y cuyo subtítulo, tiene narices, es “Parálisis Agitante”. En ella, en la sección de motivo de alta, ves, con asombro, que indica un escueto y escuálido “procedimiento de invalidez”.

Y piensas: “Leñe, hoy no, que no me puedo poner nervioso, que tengo cita con el neurólogo”, al tiempo que ese pensamiento retroalimenta más y más tus temblores.

Intentas trazar mentalmente un guión de lo que tienes que hacer ese día, teniendo en mente que el objetivo principal es llegar lo más tranquilo posible a la consulta con el neurólogo:

  • A primera hora, tomar la dosis medicamentosa, y hacer un poco de meditación, para calmarte.
  • Como es martes (y también trece, fíjate tú), ir a la sesión de fisioterapia, previamente programada en ANAPAR.
  • Durante todo este tiempo, fuera pensamientos negativos, y ni se te ocurra llamar a la mutua ni al departamento de Recursos Humanos de la empresa, porque sólo conseguirás ponerte aún más nervioso de lo que ya estás.
  • Sobre las once —una hora antes de la cita, hay que ser precavido— coger el autobús que te llevará al centro de consultas.
  • A las doce, consulta con el neurólogo, donde te ajustan el estimulador, y la calma vuelve a tu cuerpo, como por arte de magia.
  • Y después, ya sí…por fin: Llamar a la mutua y ver qué demonios pasa.

Como suele pasar en estos casos, la llamada no hizo más que añadir más incertidumbre a ese caldero inútil que a veces tengo por cabeza, así que conseguí una cita “urgente” en el INSS vía web, gracias a la inestimable ayuda de Felix, un compañero que vive en Las Palmas, y que, por haber ya sufrido en sus propias carnes el trámite, me proporcionó el enlace exacto para poder hacerlo: Mis dudas se acabarían resolviendo no antes del día 29 de febrero, primera fecha disponible, más de 15 días después de haberlo solicitado. Resoplé aliviado; había hecho todo lo que estaba en mi mano.

A partir de aquí, como si hubiera entrado en un agujero de gusano inter-galáctico, los acontecimientos se sucedieron a la velocidad de la luz.

Sobre el día 15 febrero a las 21:00 horas, en la página web del INSS apareció un escueto mensaje que decía: “Su expediente de incapacidad permanente se ha resuelto favorablemente”. Y te acuerdas de la madre del que ha dejado el mensaje en la página web, porque falta el adjetivo calificativo, del que tanto depende tu pensión, absoluta o total, y que no encuentras por ninguna parte.

El 16 de febrero al despertar, justo en el aniversario de la segunda operación, recibes un nuevo e-mail —esta vez el remitente era el mismísimo bot del INSS —indicando que tienes una nueva notificación. Impaciente, la abres, y por fin descubres que es el certificado de incapacidad permanente, esta vez con el calificativo que tanto ansiabas, el de ABSOLUTA, con letras grandes y en cursiva.

A las pocas semanas recibes la llamada de Recursos Humanos, citándote en una cafetería para firmar el finiquito final, sin necesidad de acercarte a las oficinas, pero también sin poder despedirte oficialmente de tus compañeros.

Y de repente, tras la alegría inicial, todo se frena. Y por la inercia del frenado, sales expulsado del frenético agujero de gusano, sin saber en qué momento ni en qué lugar te encuentras.

A partir de aquí, ya eres oficialmente un “jubileta”, como suelen decir, y toda la gente te da la enhorabuena. Agradecido, respondes con una sonrisa, enseñando mucho los dientes, aunque tus dolores musculares te recuerdan la causa de esa jubilación, y que darías todo lo que tienes por estar sano, y que todo hubiera sido una pesadilla.

La gente me pregunta qué voy a hacer ahora que voy a tener tanto tiempo, que qué planes tengo.

Lo primero que se me viene a la cabeza es VIVIR, porque me han incapacitado para trabajar, pero no para VIVIR, y que, con frecuencia, es algo que mucha gente olvida.

Además sin prisa, que son malas para mi amigo Parki.

Sin pausa, pero sin prisa.

Sin fechas marcadas en el calendario.

Y si algo me empieza a agobiar, sólo me tengo que repetir mentalmente que lo tengo que hacer “ahorita mismo”, como dirían en algunos países de Sudamérica.

Y como ya llevo bastante tiempo escribiendo esta entrada, la termino… “ahorita mismo”.

Ahorita mismo

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