El casco de Darth Vader

16 feb 2023 · 7 mins

Fue una noche de sueño intenso, aunque intermitente, a pesar de que mis problemas estomacales habían remitido.

Un poco antes de la ducha, más a fondo de lo habitual, con un gel especial y una esponja que la enfermera de guardia me había proporcionado a última hora de la noche, estuve observando las luces de la ciudad, viendo como se iban apagando conforme el Sol se iba imponiendo, poquito a poco, abrazado a Marian con dulzura, esperando a que llegase la hora de la intervención.

Al poco rato llegó el auxiliar con la silla de ruedas, y que iba a ser mi medio de transporte hasta llegar al quirófano.

Me despedí de Marian con un pequeño apretón en su mano derecha, intentando transmitirle seguridad, y dispuesto a recorrer el laberinto de pasillos lo más tranquilo posible.

En apenas unos pocos minutos, llegamos a la sala del TAC prequirúrjico.

  • Ha llegado antes que el cirujano, tendrá que esperar unos minutos —me dijo una de las enfermeras, mientras el auxiliar maniobraba la silla y me aparcaba adecuadamente, y yo intentaba respirar lenta y pausadamente, para controlar mis nervios.

Al poco rato llegó el doctor, excusándose por la tardanza, acompañado de su ayudante y de la doctora Avilés, mi neuróloga, que sería la encargada de desconectar el neuroestimulador, que había tenido conectado toda la noche.

  • Ya sabe cómo funciona esto. Primero, le colocaremos el casco. Después le haremos el TAC para tomar referencias, y finalmente le llevaremos al quirófano —me comentó, mientras yo asentía con la cabeza, resignado.

Tras posicionar el casco, colocándomelo en la cabeza con una especie de topes en los orificios de los oídos a modo de guía, con un rotulador, fue marcando las partes de mi cráneo, en las que más tarde lo fijaría.

Al mismo tiempo, la otra doctora iba inyectando anestesia local en las marcas, para posteriormente afanarse en colocar los tornillos de fijación, con una llave allen del número 7, haciendo que el casco quedara sujeto firmemente a mi cabeza.

  • Gracias al tamaño considerable de su cabeza, no hay demasiado peligro de que el casco se suelte —me comentó el cirujano, mientras yo asentía afirmativamente, colocando hacia arriba el pulgar de mi mano derecha.

Por último, entró en acción la neuróloga, desactivando el neuroestimulador, con su tablet.

Al contrario que en la otra intervención, en la que no me atreví a abrir los ojos hasta bastante más tarde, aterrado, esta vez estuve atento a todos los detalles, intentando estar consciente y sereno.

Después del TAC, y de confirmarme que no había que repetirlo, subí de nuevo a mi montura, la silla de ruedas, ayudado en todo momento por el auxiliar.

Volvimos a recorrer de nuevo la clínica, zigzagueando por los pasillos, regateando a las pocas personas que circulaban por la clínica, y que miraban hacía mí, horrorizados, mientras yo respondía con una sonrisa, y no dejaba de tararear -lo siento, fue inevitable- el “tan,tan,tan,ta,ta,ta…ta,ta,ta” de mi película favorita, “la guerra de las galaxias”.

En pocos minutos, estaba ya “cómodamente” posicionado en la mesa de operaciones, izado por unas cuantos auxiliares, y saludando al resto de médicos mientras lo hacían, entre los que se encontraba el anestesista, mi camello particular: mi tocayo, Antonio.

  • Ya te conoces esto -me comentó—. A la mínima, te quejas para que no tengamos que llegar al límite de tu resistencia.
  • Ok, respondí con mi pulgar derecho, dejando de estrujar, por unos segundos, mi pelotita amarilla con su sonrisa desgastada, y que ya había empezado a utilizar, al volver de nuevo los temblores.

Después de esto, los pasos que ya conocía: la ingesta de anestesia, justa y necesaria, para mantenerme relajado; el taladrar del cráneo para introducir el electrodo, haciendo que vibre la dentadura y el notar como baja por el interior del cerebro, mientras el ojo izquierdo me dolía horriblemente, al atravesar la punta las meninges, por cierto, según dijeron, bastante grandes.

Tras colocar el electrodo en su sitio, llegó el turno de apagar todos los aparatos eléctricos no indispensables, para realizar las pruebas sonoras, “oyendo” la vibración de mis extremidades, que a esas alturas ya sonaban como si fueran las aspas endiabladas de un helicóptero, a toda máquina. En realidad, esta parte de la operación fue bastante más corta que la vez anterior, y desde el principio, con apretones en mi mano, la neuróloga me fue informando que todo iba según lo previsto y que eran buenas noticias.

Tras las pruebas sonoras, llegó el turno de conectar con una sonda de test el electrodo a la tablet, y empezar a probar con distintas estimulaciones, haciendo que en muchas de ellas, la mano, y también la pierna derecha se pararan completamente, independientemente de cuentas atrás o charletas breves para desconectar mi cuerpo de mi mente.

En total, esta parte de la intervención, en la que estuve despierto todo el tiempo, duró sólo un par de horas.

Llegó la parte que más temía de todas, y que se salía del guion de la primera operación: La extracción de mi electrodo derecho, el que controla la parte izquierda, y que nunca se había utilizado. Esta extracción, por la que me había comido la cabeza horas y horas durante días, no duró más de un minuto, haciéndome recordar que soy gilipollas, y que no hay que pensar tanto las cosas.

Y al final, poco antes de caer en las manos de morfeo, ayudado por una buena dosis de anestesia suministrada por mi camello particular, empecé a soñar, medio delirando, que me ponía en el papel de Rick Morantis, protagonista de esa parodia dirigida por Mel Brooks, “la loca historia de las galaxias”, en la que iba deambulando de un lado para otro por los pasillos de la clínica, dándome cabezazos con las paredes, con mi casco enorme y ridículo, de Darth Vader, Black Helmet (casco negro), en la parodía.

El casco de Darth Vader

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