El teclado musical

14 ago 2022 · 5 mins

Una de las rocambolescas ideas que pasaron por mi cabeza nada más salir de la operación de la implantación de los neuroestimuladores, libre en un principio de mis temblores, y en vista de la reciente llegada de mi cumpleaños, que es siempre, y mientras lo permitan los astros, el 1 de Julio de cada año, fue la de auto-regalarme un teclado musical, piano portátil u organillo, como mejor te plazca llamarlo.

En aquel momento, hace ya más de un mes, me pareció, misero de mí, la mejor de las ideas. Y es que, desde pequeñito, he soñado con tener uno, emulando a mis queridos y también admirados, José Luis Moro y Mario Gil, integrantes de “un pingüino en mi ascensor”, ese grupo de los años 80 que tanto y tanto escuché en su momento, y que recientemente he vuelto a redescubrir.

Así que, ni corto ni perezoso, me lancé a la tarea de buscar uno en internet. Después de descartar unos cuantos, bien por el excesivo precio, bien por lo complejo del instrumento, hice mi elección: Un Yamaha PSS-A50. En palabras del influencer que me topé en YouTube, “el mejor instrumento para que aprendan los más pequeños”. Un vistazo en más detalle de las características me terminó de convencer: Podía conectarlo al ordenador o al teléfono por USB, con lo que, si lo deseaba, podía guardar “mis creaciones” hasta el final de los tiempos.

Sin más dilatación, como diría una parturienta, una búsqueda más refinada me llevó a una tienda de música, y, después de pagar religiosamente con la tarjeta de crédito los 81 euracos que costaba el artilugio, me puse a soñar sobre lo bien que iban a sonar los solos de “He-man y Barbie” o de “Jota Jota” en el susodicho aparato.

Y llegó el día de mi cumpleaños. Sobre las dos de la tarde, justo un poquito antes de la comida, el timbre del telefonillo me puso en alerta: Era el repartidor, advirtiéndome de la llegada del dichoso instrumento.

Después de firmarle el acuse de recibo, y de destrozar el envoltorio, como si fuese un mocoso de cinco años el día de reyes, haciendo el “unboxing” más rápido de la historia, que ríete tú de esos tíos que se encargan de cambiar los neumáticos en las carreras de fórmula uno, por fin lo tuve ante mis ojos: Era el piano, lleno de botones y teclas blancas y negras de plástico, virginal e inmaculado.

Una vez engullida la comida (no tengo otra forma de describir lo rápido que comí aquel día), y de descartar en un segundo la parte que estaba en “español” del manual, traducida en esa mezcla entre chino, coreano y castellano, y que tanto odio, me decidí por la versión en inglés, enfrascándome en su lectura, sin dejar de acariciar con mis dedos mi nuevo y flamante tesoro.

Una vez descifrado el cómo encender el aparato, y de volverme medio loco con eso de los arpegios, los tempos y los compases, ya no pude esperar más, y me puse a aporrear, impaciente, las teclas del dichoso instrumento, intentado emular a mis admirados ídolos.

Qué decir del resultado: Entre lo que me temblaba la mano derecha, lo alto que puse el volumen, y el batiburrillo que tenía en la cabeza, el sonido (por decirlo de alguna manera) que salió por el altavoz fue lo más parecido a los maullidos de una manada de gatos recién atropellados, estridentes y atroces, capaces de hacer levantar de su tumba al más muerto de los muertos.

Con el paso de los días, y conforme mi lado derecho ha ido volviendo a su estado de agitación natural, la cosa no ha mejorado, por más que lo he intentado: Tutoriales en YouTube, reproducidos a la mínima velocidad, haciendo que la voz en off suene lo suficientemente lenta como para no perderme; el conseguir descifrar acordes y partituras, pegando en la parte superior de cada tecla del aparato su letra correspondiente, a modo de chuleta, con la dificultad que el escribir me conlleva; el reducir mis expectativas musicales, hasta volver “a primero de piano”, e intentar memorizar el “vals de las mariposas”…

Nada, ninguno de esos remedios me ha funcionado. En cuanto mis dedos “acarician” el aparato, la más hermosa pieza musical se convierte en la más horrenda de las creaciones, hacíendome sospechar (sólo es una suposición) que soy yo el responsable, y recodar el porqué en su día mis padres no me lo compraron, por mucho que yo insistí.

Pero como soy un cabezón, y a persistencia nadie me gana, lo acabaré consiguiendo. Como hacía Juan Valdés, el protagonista de “mi café”, recorriendo con su piragua el Aconcagua, que no está en Colombia.

El teclado musical
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