La operación

23 jun 2022 · 6 mins

Me desperté en medio de un profundo sueño, como hacía tiempo no lo hacía. No se cómo expresarlo, pero eran un montón de sensaciones encontradas, en las que predominaba el agradecimiento, por haber llegado hasta este momento, tan arropado por la gente que me rodea.

Casi sin tiempo para desperezarme y por supuesto, sin poder desayunar, me bajaron a hacer el último escaner, el definitivo.

  • Le vamos a colocar esta corona en la cabeza. -Me explicó el doctor Guridi, mientras me ensañaba el infernal artilugio.
  • Va anclada por estos puntos. -No se preocupe -debió de adivinar el miedo en mi mirada- porque le vamos a colocar anestesia local para que no note nada.
  • ¡Tranquilo chaval! -me dijo el anestesista, que, curiosamente también se llamaba Antonio. ¿Te puedo decir una cosa, sin que te ofendas, tocayo? ¡Eres la primera persona que casi llena este casco con la cabeza!
  • No me ofendes, le respondí con una mirada asesina, al tiempo que le decía que era la segunda persona que me llama cabezón en poco tiempo, recordando las palabras del Dr. Guridi, en la primera de las consultas.

Mientras el anestesista se afanaba por pincharme aquí y allí, y el resto de personas se encargaba, llave en mano, de ajustarme lo mejor posible la corona, yo intentaba cerrar los ojos, sintiendo exactamente lo que sentía Lord Byder al colocar, por primera vez, su casco.

Por fin tuve el valor suficiente para abrir los ojos, y al hacerlo, lo primero que vi fue una especie de velo negro tapando mi cara.

  • Venga, ¡arriba con él! -tiraron de mí hasta que colocaron la corona encima de otra estructura metálica, que iba a servir de referencia durante el resto de la operación.

Después… me sedaron de tal manera que permanecí dormido, hasta que un ruido de un taladro, que no era otra cosa que una fresa atravesando el duro hueso de mi cabeza, me despertó y me puso en guardia.

Para cuando me quise dar cuenta, ya me estaban haciendo el segundo agujero.

  • Riiiiiiiinnnn, riiiiiinnnnn - mientras mis muelas no paraban de rechinar, pegadas unas contra las otras.

  • ¡Parad! -dijo el anestesista, mientras comprobaba que la saturación, el oxígeno que entraba en mi sangre, no era el suficiente. Una burbuja de aire había entrado por el agujero recién abierto, haciendo que mi pulmón izquierdo, por mucho que intentara respirar, no lo consiguiera.

  • Venga chaval, seguro que sales de esta.
  • Coge aire muy despacio, muy despacio, ya verás como, poco a poco, remontas.

Me armé de valor, y me dije: ¡No, no pienso quedarme aquí, voy a seguir hasta el final!.

Poco a poco me fui recuperando, entrando en un estado de relajación, entre dormido y despierto, hasta que por fín, conseguí salir del bache.

Llego el turno de introducir los electrodos por los agujeros. Previamente, habían hecho un mapa de mi cerebro, así que, más bien menos que más, sabían donde colocarlos.

  • Electrodo 1, blanco, ante-.
  • Electrodo 2, rojo, post-.

  • ¡Fuera todo el mundo! ¡Apagad los equipos que no sean necesarios!, vamos a oir que pasa - ordenó Guridi, mientras un ruido blanco, de radio, empezó a oírse por los altavoces.

  • 4.3 ante, 2 post… -El neurofisiólogo empezó a darle potencia a los electrodos, al tiempo que decía en voz alta unos valores, que otra persona se encargaba de anotar en un bloc, cuidadosamente.

Mientras tanto, y como por arte de magia, mi brazo y mi pierna dejaban de temblar, al tiempo que mi neuróloga los retorcía con fuerza, para comprobar si la rigidez había desaparecido, y por los altavoces se oía una especie de zumbido, acompasado, al mismo ritmo, que ellos llamaban “background” (fondo).

Este proceso de “tirar la caña y ver que pasa”, que después supe que se llamaba hacer un track, duró bastante tiempo: Unas veces el pie dejaba de temblar, pero la mano no; otras veces la potencia que me aplicaban era tan fuerte que me hacía retorcer la boca, entre muecas imposibles…. Y claro, por supuesto… todo esto ¡contando hacia atrás de siete en siete!, para que no pudiera parar, inconscientemente, de temblar, y abriendo los ojos levemente, topándome con los de mi tocayo el anestesista, que, en todo momento, estuvo pendiente de mí.

Poco a poco fue pasando el tiempo. Las diez, las once, la doce, la una… hasta que por fín, se dieron por satisfechos con el lado derecho de mi cuerpo.

Para el lado izquierdo apenas hicieron un par de tracks, asegurándose, eso sí, de que al aplicarme voltaje, no hubiera efectos indeseados.

Los últimos sonidos que recuerdo son los emitidos por la voz del neurocirujano: Aspi(rador), No se qué fix (probablemente, porque al utilizarlo, se oía un fissss mientras un olor a quemado se propagaba por todo el quirófano), tapa (para poner una especie de tapa sobre el agujero en el hueso del cerebro), y el repiqueteo de la grapadora al distribuir las grapas por todo el cuero cabelludo, y, finalmente, la voz del anestesista diciéndome que enseguida terminaban, mientras el efecto del sedante me hacía flotar por la habitación.

Después… un viaje psicotrópico, que acabó en la tercera planta de la CUN, en la UCI de adultos, con un buen dolor de cabeza, y con el neuro estimulador implantado en mi cuerpo, aunque sin conectar.

La operación
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