El banco

10 jun 2022 · 6 mins

A lo mejor, viendo el título, y dependiendo de tu nivel de cabreo, habrás pensado que voy a hablarte de una sucursal bancaria.

No, no es uno de esos lugares que pronto quedarán deshabitados, fagocitados sus pobladores por el monstruo de internet, en los que, cuando tienes dinero eres bienvenido y te abren sus puertas de par en par, pero cuando ya no lo tienes, te llenan de comisiones “de mantenimiento”, escudándose en que una especie de ente calculador, “el ordenador central”, ha decidido que tu exigua nómina, suma de varios mini-empleos precarios “de mierda” no alcanza una inalcanzable cifra, media ponderada de no sé que fórmula utilizada para hacer el cálculo.

En realidad, esta es la historia de uno de esos bancos de madera y hierro, de los de toda la vida, de los que forman parte del mobiliario de nuestro querido barrio-pueblo (táchese lo que no proceda), Ansoain.

Pudiera ser uno de los del parque de Lapurbide, para mí el primigenio, genuino y original, o uno de los que hay alrededor de la distintas plazas que han ido surgiendo, conforme Ansoain ha ido creciendo.

En realidad, el banco al que me refiero es uno de los que están situados donde tradicionalmente acababa la calle Lerín, en lo que es ahora una plaza con el suelo de hormigón, un tanto fría, levantada sobre las ruinas de ese montículo de arena en el que todos los crios jugábamos, dejándonos la piel de las rodillas, excavando agujeros o intentando tirar nuestras canicas para ganar la partida.

Me lo imagino como una especie de evolución, una versión moderna, no sé yo si más civilizada, de aquellas sillas de tijera, con cuerpo de tubo y piel de tela, en las que nos sentábamos todos los vecinos “a la fresca”, intentando combatir el calor del verano en aquella playa figurada, “el campo de delante”, y que ahora es, grado más, grado menos, la zona donde está situada la iglesia.

Al principio, cuando lo instalaron, estaba reluciente. Pintada su madera de color verde, y sus partes metálicas de negro, casi daba pena sentarse en él.

En aquel entonces, era tan solo un asiento nuevo, al que los vecinos se acercaban tímidamente. Un lugar en el que descansar, y dejar pasar las horas muertas, sin hacer nada.

Con el paso del tiempo, en su época más dorada, más y más vecinos empezaron a sentarse en aquel banco, y también en el resto de los de la plaza, hasta tal punto que no había sitio para todos.

Año tras año, conforme aquel banco iba acumulando capas y mas capas de pintura, sus tonos fueron pasando del verde juvenil al ocre de la madurez, como si fuesen las hojas de un árbol, al tiempo que la gente que lo frecuentaba se iba haciendo, también, cada vez más y más mayor.

Para entonces, ese banco se había ido convirtiendo en un trocito importante de la vida de los vecinos. Era su válvula de escape, una especie de refugio, un trocito de oasis en medio del desierto de la soledad que representaban sus casas, que se habían ido vaciando de vida, conforme sus retoños las iban abandonando, al ir creciendo.

Pero un día, de repente, aquel banco lleno de vida, allá por mediados de marzo de hace ya más de dos años, quedó desierto, inerte. Llegó la maldita pandemia y su confinamiento, y con ello todos, pero sobretodo los mayores, nos vimos obligados a encarcelarnos en casa, sin apenas poder salir.

Con el paso de los meses, y la falta de mantenimiento, su pintura se fue agrietando y perdiendo brillo.

Incluso, un fatídico día, recibió la visita de unos despiadados vándalos, que, provistos de unos sprays de pintura, se atrevieron a mancillar aquel lugar sagrado, al garabatear unas frases ininteligibles, seña de su nula identidad, al tiempo que los vecinos miraban por la ventana, impotentes.

El puñetero coronavirus fue haciéndose dueño de la situación, llenando de miedos y acobardando a los vecinos, impidiéndoles hacer lo que tanto deseaban, el sentarse en su banco de siempre, y disfrutar de la compañía del resto de vecinos.

El banco iba languideciendo, muriendo poco a poco, sin remedio, mientras los vecinos también lo hacían, víctimas de la enfermedad, de la tristeza y de la propia vejez, y un silencio sepulcral se iba adueñando del lugar.

Los vecinos anhelaban sentarse en ellos, mirándolos desde sus ventanas, pero el miedo no les dejaba hacerlo. Incluso después de que las autoridades relegasen el problema de la pandemia, no dándole ya importancia.

Hasta que, hace unos días, pasó algo.

Dos de aquellos vecinos se atrevieron, por fin, a romper la rutina diaria en la que se había convertido el salir de casa sólo para ir a comprar o al médico.

Poco a poco, con precaución, se fueron acercando al banco, a su banco, hasta sentarse en él. Y esperaron, esperaron allí, pacientemente sentados, a que otros vecinos hicieran lo mismo.

Esperaron, a pesar de saber que muchos de sus vecinos, sus amigos, ya nunca más volverían a sentarse con ellos.

Y su espera dió su fruto.

Y el banco se volvió, otra vez, a llenarse de vida.

Y ellos, mis padres, recuperaron una parte, injustamente robada, de su vida.

El banco
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