Houston, ¡tenemos un problema!

2 jun 2022 · 3 mins

Voy a serte sincero.

Llevo intentando escribir esta entrada desde hace unas horas, la primera vez a las 6:30 de hoy, día 2 de junio, la fecha marcada como la de la operación.

En lugar de estar dando vueltas en la cama de la clínica, intentando dormir para reservar la mayor cantidad de energía para la operación quirúrgica, me he puesto delante del portátil, con el ánimo por los suelos, cansado, muy cansado. Tanto que he cerrado el portátil y me he recostado sobre el sofa, durmiéndome profundamente, al instante.

A lo mejor una de las causas sea el que todavía queda en mi cuerpo la dosis suficiente de sedante, esa sustancia que utilizaron para que saliese perfecta la resonancia de mi cerebro, ese mapa que iba a servir a los neurocirujanos para ir sobre seguro y no perderse en el camino.

O, lo más seguro, es que mi cuerpo ha dicho basta ya y se ha plantado, intentando recuperar, de una sola vez, las horas y horas perdidas, despertándome de madrugada.

Lo cierto es que he dormido profunda y plácidamente durante horas, sin apenas agitación, algo que ya ni recordaba, actuando como un bálsamo reparador, y haciendo que lo vea ahora, en este momento, desde otra perspectiva.

Con ya todo preparado, con la última de las pruebas de mi particular yincana terminada, apareció por la puerta el cirujano jefe, para decirnos que la operación se aplazaba hasta el 28 de junio, casi un mes más tarde de lo previsto.

¡Houston, tenemos un problema!

La causa: El puñetero coronavirus, que ha hecho que una de las piezas esenciales, uno de mis médicos, no esté operativo, y que la maquinaria, tan precisa y sincronizada, se pare de manera irremediable.

En ese momento te sientes impotente, porque además es algo ajeno a tí.

Es como tener la meta al alcance de tú mano, y, en lo que dura un parpadeo, encontrarla a kilómetros, muy lejos, en el horizonte.

No puedes evitar exclamar ¡leñe! y decir … otra vez en la casilla de salida. Otra vez el tener que ocultar la cara detrás de una mascarilla, y el no poder dar un abrazo o un beso, sin pensar que está en juego la operación. Y, lo que más duele, volver a despedirme de mis padres, viendo que sufren por mí. Como ya he mencionado varias veces, desde que empecé a escribir este blog, es una de las cosas que más me duele, el que sufran por mí.

No, me niego a pensar negativamente.

Es agua pasada, así que esperaré paciente a que todo se vuelva a alinear, y seré fuerte. Seguiré haciendo ejercicio y preparándome mentalmente para esa fase final, no me rendiré, estando tan cerca la recompensa.

Y por supuesto, seguiré yendo a visitar a mis padres bien erguido, aunque tenga que ir renqueando hacia su casa, o medio escondiéndome, como en los momentos más duros de la pandemia, jugándome alguna que otra multa, sin otro salvoconducto que una barra de pan o una bolsa de basura a medio llenar.

Houston, ¡tenemos un problema!

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