Día de escuela

23 feb 2022 · 10 mins

Con esa puntualidad británica que le caracteriza, Parki volvió a despertarme a las cinco de la mañana.

  • Por lo menos esta vez ya puedo desayunar y empezar a tomar toda la medicación - farfullé, a modo de consolación.

Además, estaba bastante intrigado por las últimas palabras de los doctores, al despedirse de mí el día anterior:

  • Recuerda, mañana tienes que venir lo más despejado posible para hacer las pruebas cognitivas - me dijo la neuróloga, sonriendo.
  • ¡Bahh! ¡No va a tener ningún tipo de problema, que es informático! - refunfuñó, a modo de reprimenda, el neurocirujano.
  • Por si acaso, calcula cuando debes tomar la medicación para venir en estado ON. Nos veremos en breve - se despidió de mí la doctora.
  • ¡Mañana, a la escuela! - me ordenó el neurocirujano, al desaparecer por la puerta.

  • ¿Qué demonios será eso de las pruebas cognitivas? - pensé, mientras empezaba a amanecer, esta vez, de nuevo, en casa.

La lógica me decía que debía ser algo así como evaluar mi estado mental, en cuanto a razonamiento y memoria.

  • ¡Un examen! - las luces y sirenas internas de mi cerebro empezaron a sonar, avisándome y poniéndome en estado de alerta, como cuando era estudiante y llegaba aquella temida época.

Mariam intentó tranquilizarme.

  • No te pongas nervioso, sólo es una evaluación, no un examen. - No tienes que tener en cuenta la nota.

Al poco de llegar a la consulta, vino a mi encuentro otra doctora, acompañada de otro ayudante-estudiante, saludándome efusivamente, como si me conociesen de toda la vida.

  • ¡Antonio, bienvenido! Primero te haremos unas preguntas bastante sencillas, así que no te preocupes - me animaron, cómo si hubieran adivinado mis pensamientos.

El despacho era muy pequeño, y apenas cabíamos los tres. Al mando del ordenador estaba la doctora, y junto a ella, el joven estudiante que, como contagiado por la vitalidad de la doctora, no paraba de sonreir, algo que realmente agradecí.

  • Aquí tienes esta hoja, que iremos rellenando despacio. Formularemos la pregunta y yo te explicaré todo antes de que nos des la respuesta - me dijo el joven, dirigiendose hacía mí.
  • Vamos a empezar: Primera pregunta, identifica estos animales, piensa un poco - señaló con el bolígrafo sobre unas imágenes.
  • Elefante, rinoceronte y … dromedario, tardé unos segundos en contestar, viendo que sólo tenía una joroba.
  • Si, dromedario porque si tuviese dos jorobas sería un camello… - apostillé, mirando a los ojos al estudiante.
  • ¡Muy bien! respondió el, mientras yo resoplaba, pensando que esta vez no me habían pillado.

  • Ahora te voy a mostrar una serie de dibujos, de dos en dos. Me tienes que decir cual es su relación.
  • Vamos a ver, esta zanahoria y esta lechuga, ¿qué tienen que ver?, me preguntó.
  • En que son vegetales, y también en que son comestibles, contesté.
  • ¡Muy bien, perfecto!, recalcó, como queriéndome dar confianza.

  • Siguiente pregunta: ¿Ves este espacio en blanco? Pues quiero que dibujes en él un reloj, y que pongas las horas. Cuando acabes, quiero que marques las 11 horas y 10 minutos.
  • ¡Gluppp! ¡Dibujar! protesté, mientras en mi mente revivía aquel calvario por el que pasé en su día, en la selectividad, cuando tuve que dibujar la planta, alzado y perfil de aquella diabólica figura geométrica, que todavía se me aparece en sueños.

La circunferencia, por llamarla de alguna manera, era más una especie de neumático desinflado y birrioso, y las marcas horarias, las tachuelas que lo habían pinchado.

  • Es que con el temblor… -intenté justificarme, viendo aquel dibujo cochambroso, que hubiera hecho infinitamente mejor un niño de dos años.
  • Nada, no te preocupes, - se apiadó de mi la doctora. Ahora, escribe por favor, las horas. Y cuando acabes, marca las 11 y 10.
  • ¿Dónde demonios las voy a poner? - pensé, viendo lo diminuta que había hecho la circunferencia.

Y, como un banderillero novato, con los ojos medio cerrados y mordiéndome la lengua, me lancé a escribir los números, cantándolos a la vez, cual niño de san Ildefonso.

  • La una, las dos, las tres… - joer, si no me cabe, pensé.
  • Las cuatro, las cinco… y así hasta las doce, mientras me iba poniendo más y más rojo, evitando alzar la vista, todo avergonzado.

Después, para rematar, y como no podía ser menos, tuve que poner mi sello inconfundible, el inevitable tachón, al equivocarme y dibujar el minutero apuntando al número 10, en lugar del número 2, victima de mis nervios.

  • No importa, no importa, no te preocupes que está muy bien, me intentaban, sin éxito, consolar.

Llegó el turno de las preguntas. Cientos y cientos de preguntas, todas ellas sencillas y del tipo “nada, muy poco, poco, mucho”. Algunas repetidas, pero en lógica inversa, como queriéndote despistarte, y que yo intenté responder lo más sinceramente posible.

Después de casi media hora, me hicieron pasar a otra sala, tras despedirse de mí cariñosamente.

El despacho era bastante más amplio que el anterior, aunque apenas tenía decoración. En el centro, una mesa muy amplia y llena de papeles, y al fondo, un montón de libros, embutidos en estanterías, llamaron mi atención.

Un frio helador recorrió mi espalda, al mirar hacia la mesa y descubrir aquel amasijo de trazos tan familiar: Mi reloj-neumático, con su inconfundible tachón.

Poco a poco fuí elevando la vista, lentamente, hasta encontrarme con la mirada de una nueva doctora, esta vez bastante más seria, que me hizo revivir lo que sentí la primera, y única vez, en la que “me mandaron al director” hace ya tantos años, en mis tiempos de bachillerato.

Junto a ella, otra doctora, que por la edad, un poco más joven, deduje que se trataba de una de sus alumnas.

  • Es curioso, como se parecen, sobre todo en la mirada, a cada cual más gélida, - pensaba, mientras las observaba.

Buenos días, señor Liberal - la forma de decirlo, tan seria, me puso en alerta. . ¿Qué nivel de estudios tiene? Después de terminar la carrera, ¿ha hecho algún master? ¿cuánto hace de ello?

Me recordó un poco a cuando vas a jugar al trivial, y, según tus estudios, la dificultad de las preguntas varía.

Después de contestar a todas las preguntas académicas, llegó el turno de la evaluación.

  • Aqui, en estas tres hojas, hay 15 nombres. Por favor, intente memorizarlos - me explicó.
  • ¡Recórcholis! - pensé, mientras intentaba formar una frase con todas ellas, para recordarlas más fácil.
  • El caimán se comió al dromedario mientras el cuervo se comía un trozo de apio y huía en el automóvil…

Como cuando un mago te enseña sus cartas, al comienzo de su número, la doctora no tardó en esconder las suyas en forma de láminas, así que, prácticamente, no me dió tiempo a nada.

  • ¿Ve este dibujo? Pues quiero que lo copie en este folio, - me explicó, mientras me ofrecía también un lápiz, y activaba un cronómetro.
  • ¡Albricias! ¡otro dibujo, y esta vez a contra reloj!, - protesté- a la vez que empuñaba el lápiz y llenaba de garabatos el virginal folio, hasta entonces inmaculado.

Que decir… cualquier parecido con la realidad… en mi defensa puedo alegar que ya de por sí, la figura original no se parecía a nada conocido.

Las doctoras se miraron entre ellas. Sólo les faltó llevarse las manos a la cabeza, mientras que yo, me ponía cada vez, más y más rojo.

  • Siguiente prueba, al número 100… vaya restando de 7 en 7 - mientras el clic del cronómetro marcaba el comienzo.
  • ¿Otra vez? ¡No puede ser! 93…85, no 86…. otro clic marcó el final de la prueba.

  • ¿Se acuerda de las 15 palabras del comienzo? - ¡pues venga, desembuche!
  • Caimán, turquesa, armario, automóvil, colador, dromedario… ¡leñe, que no me acuerdo de más!
  • ¡Haga el esfuerzo, inténtelo!, mientras pensaba, ¡tierra, trágame!

Después… más y más pruebas: El simón dice, repitiendo, como un lorito, la secuencia de números cada vez más grande, o, mucho más difícil, en sentido inverso; asociaciones de frases con las palabras iniciales; nuevo intento de recordarlas; decir los colores que aparecen escritos en palabras, y a continuación, decir el color en el que están pintadas, distinto al que pone en ellas; palabras relacionadas; el descifrar una frase, sustituyendo símbolos por letras, hasta hacerla inteligible… cientos y cientos de pruebas, con la dichosa resta, siempre intercalada…

Acabé exhausto. No me dijeron el resultado, pero creí haber dado la talla, porque puse el mismo afán que cuando era estudiaba.

Ahora, como siempre, toca esperar el siguiente paso… los preparativos para la operación quirúrgica. Pero eso será, ya, otra historia.

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