Challenge

23 feb 2022 · 7 mins

Sobre las cinco de la mañana, los temblores me volvieron a despertar, como la noche anterior.

Las dos miseras pastillas de levodopa que me habían dado (la última sobre las 10 de la noche), apenas me habían hecho efecto, probablemente porque fueron directas a la zona más profunda de mi cerebro.

Como la noche anterior, inicié la misma rutina: Los ejercicios acompasados por la música, y después, un poco de relajación, respirando pausadamente.

Al acabar, mientras me dedicaba a mirar por la ventana como los coches se iban agolpando en los semáforos, repasé, mentalmente, el menú para el día:

  • De primero, la enfermera comprobando mis constantes vitales; Por supuesto, nada de desayunar.
  • De segundo, probar una nueva medicación y comprobar de nuevo mi estado.
  • Y de postre, la evaluación cognitiva.

Lo de probar la medicación, en principio, no entraba en mis planes originales. Es algo que la neuróloga me propuso, y que resolvió el extraño enigma de haberme atiborrado, desde la semana anterior, con unas nuevas pastillas, cuyo principio activo era la Domperidona, y que principal virtud es evitar las nauseas.

La idea era ir ajustando la dosis que yo necesito para después, ya operado, poder medir “empíricamente” sus efectos sobre mi cerebro, a través de mis nuevos y flamantes instalados cables.

Cuando me lo comentaron, no me lo pensé dos veces: ¿Que hubiera sido de mí, si alguien, de manera altruista, no hubiera probado antes los efectos de la levodopa?

Para empezar bien el día, decidí afeitarme en condiciones, para después meterme debajo del relajante chorro de agua de la ducha, utilizando todo lo posible mi mano derecha, accionando los músculos antagonistas a los que temblaban desbocados, como me había ido enseñando mi fisio previamente.

Sobre las ocho de la mañana, apareció la enfermera para comprobar las constantes.

  • Saturación, presión arterial y pulsos perfectos, me confirmó, prácticamente como el día anterior.

A las nueve, más o menos, otra vez el ruido de la puerta me alertó de la llegada del segundo plato.

  • Buenos días, ¿que tal te encuentras hoy? - preguntó la neuróloga, esta vez acompañada por un enfermero y dos enfermeras, todos muy jovencitos, que arrastraban una máquina portatil para comprobar las constantes.

Me invitaron a sentarme en una silla, al tiempo que me colocaban el brazalete hinchable para medir la tensión, y la neuróloga rompía el plastico protector del paquete que llevaba entre las manos, que no era otra cosa que una serie de muestras de la medicación experimental, acompañadas de las instrucciones a seguir.

  • Mirad, se dirigió a sus alumnos. Tenemos que apuntar en esta hoja las constantes, a intervalos de dos minutos, y anotar en esta columna de observaciones, cualquier incidencia que ocurra. Yo iré inyectando de manera subcutánea las dosis, cada cinco minutos, hasta que veamos que deja de temblar - prosiguió.

La primera dosis, colocada con bastante arte en un pliegue de piel de mi tripilla, no consiguió que mi temblor cesara.

  • Anotad: 120 / 77 de tensión, 99% de saturación, 68 pulsaciones - ordenó.

Fue pasando el tiempo, hasta que llegó el momento de la segunda dosis. Resultado: Empecé a marearme y a ver todo como en una nube.

  • ¡Arriba con él!, me subieron de golpe de la silla a la cama, haciéndome sentir como el Cristo del Gran Poder.
  • ¡Subidle los pies, que estén más altos que la cabeza!, -ordenó la doctora, al tiempo que el enfermero fuertote me sujetaba los pies.

No llegué a perder el conocimiento. Poco a poco me fui recuperando, pero, eso sí, nadando en sudor. La doctora iba explicando a sus alumnos lo que me había pasado, y les aconsejaba que era bueno poner los pies en alto para que la sangre retornara mejor al cerebro. Mientras tanto, yo insistía, una y otra vez, que se me estaba pasando, y que podía seguir con el experimento.

Por supesto, no hubo más intentos. Resultado: Intolerancia a la nueva medicación, y exclusión, aunque con honores, del ensayo clínico.

Me costó como una hora recuperarme, tiempo justo para que llegase el neurocirujano y repitiésemos la misma batería de pruebas del día anterior.

  • Bueno, ya me han dicho que su presión ortostática no ha aguantado - me dijo
  • Después vendré con la doctora, a terminar de examinarle en su estado OFF.

Al rato, volvieron a aparecer los dos, pero esta vez anotaron todo en una especie de tabla, donde, junto con cada una de las pruebas, indicaban el resultado, en forma de número.

  • Levantarse después de estar sentado: 1; Equilibrio: 1; Torsión del cuello: 1; Braceo al andar: 1…
  • Ya casi hemos terminado… - me iban diciendo. Ahora le daremos una mayor dosis, y comprobaremos lo mismo, pero en estado ON.
  • Además, retraseremos el resto de pruebas para mañana, le daremos ya su medicación habitual, y podrá irse a casa. Así usted tendrá tiempo para descansar mejor y hacerlas sin presión.

Minutos después, una enfermera apareció con la dosis “challenge” (en inglés, algo así como desafío), que no era otra cosa que pastilla y media de Sinemet, disuelta ya en agua, para que su absorción fuese más rápida.

  • Bueno, esta fase ya casi está completada - pensé. Solo necesito un poco más de tiempo, y enseguida estaré en casa.

La dosis, poco a poco, fue haciendo su efecto.

  • ¡Uffffff! - Respiré, aliviado, cuando por fin, el pie y la mano dejaron de tener vida propia.

Un poco más tarde, otra vez el test, pero esta vez en estado ON.

  • Ah, pues si que mejora, fíjate como ahora bracea mucho más, comentaban entre ellos.
  • ¡Venga, no se quede mirando, a restar otra vez de siete en siete!

Esta vez, mi cerebro carburaba mejor, consiguiendo restar tres o cuatro veces seguidas y sin equivocarme.

Después de eso… poco más: Hacer el equipaje apresuradamente; Comer tranquilamente, a la espera de la carta de libertad; Salir por la puerta del hospital, cansado, pero sonriente; Llegar a casa y tumbarme, aliviado, en la cama, y pensar… que ya sólo queda una prueba, pero al día siguiente, y que casi había completado con éxito el desafío, mi particular “Challenge”

Challenge
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