Om Namah Shivaya

20 feb 2022 · 4 mins

Apenas quedan un par de horas para hacerme la dichosa PCR, el último salvoconducto que me permitirá poder ingresar en la clínica, este domingo por la tarde, de manera que los neurólogos puedan valorar los efectos que Parki ha producido en mi cuerpo, y decidir el siguiente paso.

De mi protección medicamentosa, tan sólo me quedan cuatro pastillas de levodopa, en forma de Sinemet.

Ayer, mi cuerpo, entró en una especie de letargo, como queriendo conservar la energía que le quedaba, prácticamente en cuanto me sentaba y me relajaba un poco.

Esta noche, aunque he dormido en medio de un mar de pesadillas, agitándome continuamente, cosa que me han confirmado, lo he hecho como un tronco, ni me he enterado.

Y al despertar, sobre las 5 y media de la mañana, he hecho lo que llevo ya haciendo desde hace unos días: Mis ejercicios de yoga, hace tiempo relegados por los que me suele prescribir Lorenzo todos los martes, el fisioterapeuta de la asociacion de Parkinson ANAPAR.

Por ciertos motivos, el principal, por ser precavido ante la enésima ola del COVID-19, llevo bastantes meses alejado de su práctica, en Irotz, un pueblecito situado a unos kilómetros de Pamplona.

He preparado mi esterilla, descolorida y avejentada por el paso del tiempo y de mis pies.

Unos centrímetros pegada a ella, he colocado mi altar personalizado formado por una pirámide de madera, regalo de mis sobrinos, y los dos elefantitos, uno más grande que el otro, que, en su primera visita, Olga y Eugenio, me regalaron.

Y, justo a su lado, he colocado el soporte de madera que un día me regaló Esme, y en él, una de mis barritas de incienso, que, finalmente, he encendido.

Mientras hacía mis movimientos y por mis auriculares inalámbricos iban sonando aleatoriamente las canciones que tantas veces he escuchado durante las clases, mi mente, inevitablemente, viajaba al pasado.

Y me he visto en aquella sala enorme, primero solo, como cuando llegaba a primera hora, y me gustaba entrar sigilósamente en ella, colocándome al fondo, a oscuras y en silencio, para disfrutar de su calma.

He recordado los saludos a mis compañeros, conforme iban llegando: Conchi, Mar, Txus, Ana, Miren, Iosu, Mariam, que iban entablando conversación, haciendo tiempo, para que, finalmente, entrara Omkar apresuradamente.

Las clases de Yoga de Omkar son especiales. Son un poco como es él, si me lo permite, anárquico, aunque mantienen su orden, su orden desordenado.

Canción tras canción, he recordado esos bailes al principio de la clase, a modo de calentamiento, y que tanto me desestresaban, mientras mi cuerpo, casi de manera autómata, los iba imitando.

Después, he hecho unos cuantos saludos al sol.

Más y más movimientos, al ritmo de la música, acompasando mi respiración, y sin importarme un carajo los temblores, casi compulsivos, de todo mi lado derecho.

Para finalizar, ya sudoroso, me he sentado en la esterilla, y cuando me he terminado de acomodar, por los auriculares han empezado a sonar las primeras notas de ese saludo en forma de mantra, “Om namah shivaya”.

Instintivamente, he empezado a cantar, mientras, sin poder evitarlo, las lágrimas han empezado a brotar de mis ojos, en medio de una mezcla de sentimientos.

Y, poco a poco, se han ido uniendo a mí las voces graves de Omkar y de Iosu, mientras, al fondo, se escuchaban con fuerza las de Ana y de Miren, y a mí lado, tímidamente, las de Conchi, Mar, Txus y Mariam.

Cuando me he dado cuenta, había mucha más gente cantando conmigo: Todos y cada uno de los que me habéis apoyado.

Y entonces, he sabido que aunque no tenga la protección medicamentosa, llevo algo mejor conmigo, y que me protege.

Y entonces, me he sentido profundamente agradecido.

Om namah shivaya.

Om Namah Shivaya

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