Ingeniero del año

9 nov 2021 · 5 mins

En algo más de 72 horas la Asociación de Ingenieros de Telecomunicación de Navarra me nombrará “ingeniero del año”, por haber creado MouseHelper, ese asistente para el ratón que presenté, curiosamente, también por estas fechas, el año pasado.

Para mí es una sensación muy rara, de sentimientos encontrados.

Cuando presenté ese programa, no pensaba en ningún tipo de reconocimiento, ni mucho menos. Tan sólo quería, y sigo queriendo, darle la mayor publicidad posible, para que gente como yo, con problemas de movilidad para manejar el ratón, pudiera sentirse cómodo y disfrutar con lo que hace.

Nunca me ha gustado destacar, siempre he preferido estar “en la sombra”, pero hice de tripas corazón y accedí a todo tipo de entrevistas, desde aquella de la tele que me hicieron en casa, atrincherado en esa habitación que es mi fortín, rodeado de cachivaches y de los libros que me han ido acompañando a lo largo de mi vida, con mi máquina recreativa de fondo, que tantos sudores me costó restaurar, y que al final acabó emitiéndose en el telediario nacional, hasta la última que me hicieron en la radio, el amado medio que tantas horas de satisfacción me ha dado como oyente.

Aquel día, hace apenas un año, acabé agotado y exhausto, pero supe que había valido la pena cuando al final del día, al comprobar el buzón de mi correo, vi que llegaban mensajes de agradecimiento desde todas las partes del mundo, y, tan sólo con eso, me vi recompensado.

Pensé, “bueno, ya está, ya he tenido mis quince minutos de gloria”.

Así que, cuando hace más de un mes recibí la llamada telefónica que me lo anunciaba, me pilló desprevenido.

Durante el tiempo transcurrido desde entonces, he tenido tiempo para pensar en lo que significa.

Dejando atrás al ego, que, como cualquier mortal tengo, este premio significa algo más, y me ha hecho recordar momentos de mi vida que, aunque no estaban olvidados, estaban aletargados.

Me hace recordar con cariño a mi madre recostada en mi cama, garabateando sin apenas saber escribir, esforzándose por crear de la nada sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que yo intentaba resolver lo más rápido posible, tan sólo para ver su cara sonriente al comprobar que estaban correctas.

Hoy, aunque ya no tengo olfato, sigo recordando también el aroma a café recién hecho de la cafetería que había al lado del ambulatorio, y en el que los dos siempre acabábamos desayunando, después de haber “subido a Pamplona” a sacarme sangre, y en la que siempre comprabamos un huevo kinder para llevárselo a mi hermana.

O el crujir de mis pisadas del suelo de la librería, última etapa antes de “coger la villavesa”, de vuelta ya para casa, correteando por entre sus estanterías, buscando el último libro de “los gemelos de Lakeport” o de “los Hollister”, o, incluso, atreviéndome a asomarme, no sin cierto canguelo, al abismo de color verdi-blanco que representaban los de la colección de misterio de Alfred Hitchcock.

También me hace recordar mi época de estudiante, primero en la EGB, cuando el profe se afanaba por pasar lista, y nosotros levantábamos la mano diciendo ¡presente! Aún hoy recuerdo parte de aquella letanía: Desde “Araiz Insausti, Jorge”, hasta “Ramirez Martinez, Oscar”, pasando por el resto, Arantxa, Luisa, Manu, Macuso, Alberto, Glori, Txus, Dani, Eugenio, Merino, Visi…, una lista interminable de nombres, muchos de los cuales se han ido convertido en verdaderos amigos.

Más adelante, ya en el instituto, y, sobre todo, en la universidad, las cosas fueron cada vez más rápido, quizás porque en parte pierdes la inocencia, conforme te vas haciendo mayor, a la vez que se fueron poniendo más dificiles.

Tengo clara una cosa: Este reconocimiento es fruto del esfuerzo.

De mi esfuerzo, de las horas y horas estudiando, dejando de salir con mis amigos, encerrándome durante semanas antes de los exámenes, sobre todo al principio, antes de darte cuenta que cuando estudias, lo haces para aprender, y no para aprobar.

También de mis amigos, por aguantar todo aquello, sin reprocharmelo lo más mínimo.

Y de mi pareja, por comprender lo importante que era para mí MouseHelper, dejándome trabajar en mi escaso tiempo libre.

También el de mi hermana, que siempre tuvo que aguantar que yo, aun sin quererlo, fuí el primer universitario de la familia, cuando en realidad, ella fue la primera que se licenció en la de la vida, y que siempre refunfuña y me dice que soy un ñoño cuando le digo que la quiero.

Pero, sobre todo, del esfuerzo de mis padres, Dionisio e Hilaria, que me dieron la oportunidad que ellos nunca tuvieron, la de hacer realidad mi sueño de la infancia. Ellos si que, en realidad, son los verdaderos ingenieros.

Para todos vosotros…

¡Gracias!

Ingeniero del año
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