Un nuevo curso

14 sep 2021 · 6 mins

Hoy ha comenzado oficialmente el curso escolar.

Quizás sea porque me he pasado más de media vida estudiando, pero para mí, el comienzo del año no es el uno de Enero. Es ahora, a mediados de Septiembre, coincidiendo con el inicio del curso escolar.

No es un día concreto, marcado en rojo en el calendario.

Cambia de un año para otro, aunque un poco antes de su llegada, se palpa en el ambiente.

Los primeros indicios te lo dan los árboles, que comienzan a aletargarse, alterando el color de sus hojas, que pasan de un verde vivo, intenso y vigoroso a uno más mate y apagado, menos vital, presagiando su ya cercana caida, con la llegada del otoño.

También, si se está un poco atento, uno puede comprobar cómo los más estranbóticos coleccionables se asoman por entre los escaparates de las ya casi extintas tiendas de barrio, donde lo mismo comprabas el pan que el periódico, o prácticamente todo lo que te pudieras imaginar.

Pero el indicador definitivo, el que da el pistoletazo inicial inequívoco, es el de las enormes colas que se forman a la entrada de las papelerías, donde los escolares, algunos con ilusión, la mayoría, y otros con resignación, los menos, esperan pacientemente a que llegue su turno, para completar así la colección de libros del nuevo curso, o para abastecerse de nuevo armamento estudiantil, en forma de lápices, bolígrafos o rotuladores de todos los trazos, gruesos, colores, olores y hasta sabores que te puedas imaginar.

De aquel ancestral ritual, aún conservo la tradición de comprar un cuaderno nuevo, de esos gorditos, de tapa dura y de anillas anchas, de hojas blancas cuadriculadas e impolutas.

Con el paso del tiempo, y de la compañía de Parki, he dejado de escribir en él cualquier idea de las que me viene a la mente, o más bien, de llenar de tachones sus hojas, y ser más selectivo, utilizándolo para dibujar alguna forma geométrica, o para rescatar de mi mente el desarrollo de alguna fórmula matemática aprendida previamente, a base de esfuerzo y tenacidad, en mi época estudiantil.

Además, por estas fechas también, Parki acostumbra a dejarme uno de sus regalitos.

Y este año, cómo cada año desde que apareció en mi vida, no podía ser menos.

Hace unos días que siento que los efectos de la medicación cada vez duran menos en el cuerpo, que los leños de energía que introduzco en mi locomotora a intervalos regulares cada día, pierden fuerza cada vez más temprano.

Eso, lo quiera o no, hace que tenga que sacar fuerzas de donde ya no las tengo, haciéndome apretar con rabia los dientes, mientras los dedos de mi pie derecho se atrofian y agarrotan sin yo poder evitarlo, al tiempo que un calambre intenso recorre toda la pierna, y me hace detener el paso mientras camino.

Al principio ese momento es desesperante, no sabes cómo reaccionar. Empiezas a respirar pausadamente, recordando las clases de yoga, y a hacer estiramientos muy despacio, intentando recordar cada movimiento y cada postura de las sesiones de fisioterapia.

Te sientes cómo un astronauta en su nave averiada, intentando ahorrar el poco oxígeno que le queda, pensando cuántos pasos podrás dar en lo que te resta de vida, antes de que tu caminar se pare definitivamente.

No contento, Parki te castiga un poquito más, y empieza a invadir el hasta entonces terreno neutral, mi lado izquierdo, empezando por el pie, y atreviéndose hasta con la mano, haciéndome recordar, con dolor, su aparición en mi vida, hace ya casi seis años.

Entonces, no sé muy bien como, empiezas a reaccionar, y comienzas a caminar.

La sensación es como llevar una bola de presidiario, gorda y pesada, atada a tus tobillos.

Y todo te duele horrores, mientras intentas avanzar, arrastrando las dos pesadas bolas, venciendo su resistencia al movimiento.

Y te apoyas en el “ALI nunca se rinde”, esa frase que mi amigo Raúl tiene en el WhatsApp, y que más de una vez ha hecho que se me escape una sonrisa, y una lágrima, o en las palabras de tus seres queridos.

Hoy, lo que me ha dado fuerzas es acercarme a la papelería de mi pueblo/barrio.

No, no es una papelería centenaria, ni tampoco hace falta.

Su suelo tampoco es de madera, de esos que te delatan al andar, crujiendo a cada paso, pero sus estanterías, púlcramente ordenadas, desprenden el aroma a papel recién impreso, ese olor tan característico que se te queda grabado a fuego desde que eres pequeño.

A Reme, su dueña, no sé ni desde cuando la conozco, ya ni me acuerdo.

Lo único que sé es que siempre le estaré eternamente agradecido.

Ella fue la que me enseñó, cuando apenas era un renacuajo, a escribir a máquina, a aprender mecanografía, aporreando la máquina de escribir que me regalaron por mi comunión, con su nombre tan sovietico, Maritza 30 o algo así creo que se llamaba, aquel instrumento infernal de tortura destroza dedos.

Probablemente, sin lo que ella me enseñó, no me hubiera desenvuelto como lo he hecho y lo hago en mi trabajo de aporrea teclas.

Ni hubiera podido seguir escribiendo este diario, que a veces es tan bonito y otras veces tan frio y duro como la realidad misma.

Hoy, como digo, me he acercado a esa papelería, a comprar uno de esos cuadernos gordotes que siempre compro.

Y Reme me ha ayudado a encontrarlo.

Esa vez, el color de sus tapas ha sido verde, el color de la esperanza.

Con todas sus hojas blancas, esperando a ser rellenadas por mí.

Cómo cada vez que comienza un nuevo curso.

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