Lua

13 jul 2021 · 2 mins

Lúa es alguien que he conocido estos días en Serradilla del Arroyo, un pueblecito de Salamanca que está muy cerca de Extremadura, la tierra donde nació mi padre.

Tiene seis años y es una perrita de aguas de pelo blanco, tan corto y suave que parece el lienzo de un cuadro, limpio e impoluto, sobre el que el creador (o como quieras llamarlo) dejó caer unas manchitas de color café, que alcanzaron parte de su cabeza y su espalda.

Me han dicho que es de raza, que tiene mucho pedigrí, pero a mí eso me da igual.

Lo que más me impactó al conocerla fueron sus ojos, de color miel.

Estaban llenos de tristeza, y, sobre todo, de miedo.

Ese miedo, desmedido e irracional, que todos tenemos a lo desconocido, pero que en Lúa se acentúa, de manera exponencial.

Aunque ya lleva unos años viviendo con una familia que la quiere y la colma de cuidados, ese miedo sigue ahí, en su interior.

Seguramente, cuando nació, debió sufrir algún trauma, fruto del alma despiadada de algún energúmeno, y de ahí su desconfianza.

Seguramente, también, en aquel momento, su nombre sería otro.

Pero cuando llegó al hogar de Juan y de Jenny, y de Leo y de Elma, fue de nuevo bautizada con su nombre, como un nuevo renacer.

Lúa.

Significa Luna, en gallego, y le viene que ni pintado.

Lúa.

Tiene miedo hasta de su sombra.

Pobre Lúa.

He conseguido ganármela a base de acércame a ella lentamente para acariciarla, aprovechando los pocos momentos en los que baja la guardia.

Hoy, por fin, muy temprano, cuando apenas habían despuntado los primeros rayos de Sol, me ha dejado ponerle su correa y hemos salido a pasear.

Al principio estaba insegura, explorando el entorno.

Olisqueando cada rincón de este pueblo, dormido y aletargado.

Llenando sus pulmones con este aire, limpio y puro de la sierra Salmantina, impregnado por una mezcla de aromas de jara y tomillo, y que ya apenas puedo recordar.

Y me he atrevido a asomarme al abismo de sus castigados ojos.

Y he visto en ellos un brillo de felicidad.

Lúa.

Afortunada Lúa.

Lua


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