Trece

1 oct 2020 · 6 mins

El número trece siempre ha sido mi número favorito.

Y eso, a pesar de tener fama de ser un número maldito.

No suele haber una planta trece en los rascacielos, ni versión trece de ningún software.

Incluso, si me apuras, ni el malogrado piloto de motos Angel Nieto osaba nombrarlo, cuando hablaba de sus 12+1 campeonatos del mundo.

El caso es que no sé muy bien el porqué, ni el cuando ni el como lo elegí, al sacarlo del bombo en la lotería del destino que es la vida.

Sólo sé que llega un día en el que tienes que elegir y crear “tu carpeta de favoritos”, abrirla e incluir en ella tu color favorito, tu comida favorita, tu firma favorita…y, cómo no, tu número favorito.

Probablemente, muy probablemente, tribulaciones del destino, ese día llegó al cumplir mis trece años de vida, hace ya bastantes lustros de ello.

Y ahora, querido diario, te preguntarás… “sí, muy bien, pero ¿a qué vienes a despertarme de mi letargo con esta historia del número trece?”

Pues la respuesta es que mis sobrinos, Nahia e Ibai, Ibai y Nahia, han cumplido ya trece años, hace apenas unos días.

Sí, ya sabes de quienes te hablo.

He llenado muchas veces tus hojas en blanco con sus historias, plasmando en palabras cuanto los quiero.

Sí, son aquellos pequeñajos que correteaban hace nada, con sus vidas recién estrenadas, por el pasillo de mí casa, llenando con sus risas los huecos de mi alma, y que un día se dejaron olvidada en un rincón la “tienda chuchi”, aquella tienda en forma de caja de cartón con la que jugábamos cuando venían a dormir a mi casa.

Los trece es una edad complicada, lo sé, lo sabemos todos, por propia experiencia.

Es una época de incomprensión. No eres ya un niño, ni quieres que te traten como tal; Pero tampoco eres un adulto y no entiendes que te llenen la cabeza con palabras tan rimbombantes como la “responsabilidad”.

También es una época de cambios. Cambia tu cuerpo; cambias de colegio y vas al instituto, separándote de tus compañeros de clase, aquellos que una vez juraste que lo serían para toda la vida.

Es una época de rebeldía. Te revelas contra tus padres, das tu particular golpe de estado familiar, derribándolos del trono en el que los tenías, idealizados, para darte cuenta, más tarde que pronto, que son personas normales ejerciendo su papel de padres, tan perdidos como tú, y que solo intentan hacerlo lo mejor que saben.

Es tiempo de elección: Debes elegir qué quieres estudiar para “ser de mayor”, cuando apenas hace unos años eras un renacuajo que casi no sabía ni atarse los cordones de sus zapatos.

Es también la época de tus primeros aciertos y tus primeras equivocaciones. De intentar resolver, normalmente sin éxito, una de las infinitas soluciones de esta ecuación indeterminada que es la vida, forjando, sin que tú lo sepas, lo que será más tarde tu personalidad de adulto.

La época de tu primer amor y la de tus primeros logros individuales.

Y también, por qué no, la de tus primeras cicatrices, esas qué tanto duelen al rozarlas con tus dedos, al rebuscar en el baúl de los recuerdos.

Sólo espero que Nahia siga manteniendo en su interior aquella niña pequeñita de cabellos rizados, que un día me arrebató el corazón, al hacerme recordar lo que era ser un niño, haciéndome jugar con ella en su tienda chuchi, o persiguiéndola por las papelerías, intentando buscar material para hacer realidad sus ideas en forma de ingeniosas manualidades.

Y que Ibai siga siendo tan cariñoso como lo ha sido hasta ahora, y que siga conservando, por mucho que pase el tiempo, esa mirada cautivadora, mezcla, a partes iguales, de ingenuidad y de pequeño diablillo.

Y, también, permíteme por una vez que sea egoísta, que nunca olviden los recuerdos que un día su tío Lulú les forjó, con la mejor y más noble de sus intenciones.

Este es mi pequeño regalo, en forma de canción

Os quiero, bichitos.

Os quiero, trece añeros.


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