En ese preciso momento

6 ago 2020 · 6 mins

Querido diario.

Hoy te escribo de nuevo en la semioscuridad cómplice de la madrugada.

Esta vez bajo un cielo algo encapotado, que, de vez en cuando, me deja entrever cientos de miles de estrellas por su ventana.

A mi espalda la luna se mueve perezosa, desplazándose, poquito a poco, por la bóveda celestial, intentando esconderse, adormilada, por entre los picos de una cercana montaña.

Llevo aquí un par de semanas, intentando, a veces sin mucho éxito, desconectarme del trabajo y de esa rutina forzada de este año 0, después del confinamiento.

O, mejor dicho, llevamos.

Mariam y yo.

Yo y Mariam.

Hace poco más de un año que tengo pareja y debería hablar en plural.

Como la mayor parte de la gente, en lugar de ir a la playa a rebozarnos de arena, embadurnados de crema solar pegajosa, o hacer turismo empapándonos de historia en medio de la multitud, decidimos pasar mi exilio forzado trabajil en el pueblo de su padre, en la provincia de Salamanca, a medio camino entre Ciudad Rodrigo y la Sierra de Francia, a pocos kilómetros de Portugal y de la provincia de Cáceres, cerca de donde nació mi padre.

También, como la mayor parte de los pueblos actuales, ha ido envejeciendo a la vez que sus habitantes, pasando a formar parte de la España despoblada, dejando ver entre sus calles el esplendor de tiempos mejores, donde los niños correteaban por ellas después de salir del cole, o el pueblo se llenaba de risas en sus fiestas patronales.

Esas calles tienen nombres bastante corrientes y nada rimbombantes, basados en la lógica, como la calle de la Fuente Sosa, la calle Calleja o la Ermita del Cristo, que yo bauticé sin querer “la de las tres cruces”, porque aparecen pintadas en una de sus encaladas paredes.

Y claro, como no podía ser menos, hay dos entradas oficiales para llegar al pueblo: La “carretera de las curvas”, y sí, como ya habrás adivinado, querido diario: la “de las rectas”.

Una vez que entras en él, y te aclimatas, acostumbrándote a que la gente, sentada a la fresca de la entrada de sus casas, se calle a tu paso y te conteste con un “adiós” desconcertante a tu tímido “hola”, para después murmurar a tus espaldas, o que las campanas (de origen Navarro, por cierto) den la hora a destiempo, porque el reloj lleva un cuarto de hora desfasado desde que lo construyeron, la cosa está bastante bien.

Por el día no hay demasiado que hacer.

Por las mañanas, cuando el lorenzo todavía no calienta demasiado, y después de mi rezo, siempre infructuoso, para que se acaben los gigas contratados del router que me une a mi trabajo, salimos a patear por los caminos de la meseta Salmantina, plagada de puercos negros y de reses bravas, que corretean despreocupados, alimentándose por entre las encinas, sobre una tierra arcillosa y polvorienta de color marrón rojizo.

Durante el día te encierras en casa, sin más pretensiones que dejar pasar el tiempo, intentándolo llenar con lectura, o dedicándote al bricolaje, embadurnado con barniz una antigua mesita, o profanando las virginales paredes blancas con un taladro, intentando alinear, sin éxito, los agujeros para colgar unas cortinas.

Puedes pensar, querido diario: “Pues vaya forma de malgastar el tiempo”.

Pero no, no es así.

Porque todo cambia al llegar la noche.

Cuando, a la fresca del atardecer, te acercas a la montaña, llena de castañares verdes y centenarios.

Y ves como la piel del Sol va mudando, cambiando de tonalidades.

Y pasa de ser una cegadora bola en lo alto del cielo, de un color amarillo brillante, a una especie de gema rojiza que se oculta, poquito a poco, en la inmensidad del horizonte, oscureciendo todo a su alrededor.

Y se llena todo de silencio, sólo interrumpido por el sonido rítmico y relajante de los grillos, intentando comunicarse entre ellos.

Y si giras la cabeza 180 grados, justo en sentido contrario, puedes ver aparecer, en la lejanía, majestuosos, primero Júpiter, después Saturno, anunciando la llegada irremediable, como cada noche, de la Luna.

En ese preciso momento, en el que ni el Sol ni la Luna brillan en el cielo, se para el tiempo.

En ese preciso momento, se para nuestro tiempo.


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