¡Que le den candela!

5 jun 2019 · 3 mins

Hoy no he conseguido hacerme con ese artilugio infernal, mal llamado respirador, y que a mí me ha resultado más un “ahogador”, en mi clase de natación.

Y mira que lo he intentado, pero ha sido inútil.

He sido incapaz de mantener mi nariz cerrada, y, sobre todo, mi cabeza centrada.

En cuanto me descuidaba, el agua intentaba entrar por mis fosas nasales, abriéndose camino hacia mis pulmones, a borbotones, como un río desbocado.

Puedo poner mil excusas.

Que se me acumula el cansancio, que mi pierna lleva varias semanas medio agarrotada, luchando contra mi ene-amigo Parki…

La verdad, me he sentido derrotado.

Como cuando te dan un injusto bofetón en toda la cara, de esos que te dejan el alma malherida, hinchada y dolorida.

El caso es que allí estaba yo, lamentándome, cerca del borde de la piscina.

Autocompadeciéndome y lamiéndome las heridas, con la cabeza hundida bajo el agua, derrotado y tapándome la nariz con los dedos, mientras aspiraba por la boca por el tubo del demonio y observaba el fondo “piscino”, intentando relajarme.

Y entonces he visto que se acercaba hacía mí una de mis compañeras, lentamente, sin prisas.

Disfrutando bajo el agua turbia, avanzando con facilidad los metros que nos separaban, moviendo los pies como nunca le había visto hacerlo, hasta pararse cerca de mí, totalmente relajada y con la cara sonriente, radiante y llena de felicidad.

Como hice yo, la primera vez que me atreví a moverme por el agua sin más ayuda que la de mis manos.

O cuando me atreví a flotar en el abismo inmenso que supone para mí la piscina “de mayores”, luchando contra todos mis miedos, hace apenas un par de días.

O, hace ya algún tiempo, cuando decidí resquebrajar mi burbuja.

Y, casi sin quererlo, la bofetada ha empezado a dejar de dolerme.

Gracias a la felicidad reflejada en los ojos de mi compañera.

Porque sé, de muy buena tinta, que ha dado un gran paso.

Y porque también lo sé, ha comenzado a abrir sus puertas y a cicatrizar heridas.

Entonces he recapacitado, y he dejado de autoflagelarme.

Y he comenzado a dirigirme hacia la escalera para salir de la piscina, pensando que mañana será otro día.

Mal moviendo mis caderas doloridas, a lo Celia Cruz, tarareando para mis adentros:

¡Que le den candela!

que le den candela


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