¡Al agua, pato!

12 may 2019 · 3 mins

Hace ya mucho tiempo, demasiado, que quería quitarme una espinita que se había clavado y enquistado muy dentro de mí, la de aprender a nadar.

Sí, aunque parezca mentira, y a mis cuarenta y muchos años, es una de las muchísimas cosas que, todavía, no sé hacer.

Simplemente se me pasó la época de aprender a hacerlo, cerca de la era del pleistoceno, cuando tuve mi oportunidad, en las aguas calmadas del río Bidasoa primero, junto el caserío donde nació mi madre, y después, aquel verano, con trece o catorce años, en las de la piscina de la Txantrea.

Después, simplemente, casi sin darme cuenta, dejé caer los granitos de mi reloj de arena, al mismo tiempo que el pánico al agua crecía dentro de mí, de manera exponencial a mis complejos a mostrar mi cuerpo en público.

Unos años más tarde, cuando medio conseguí quitarme el lastre absurdo de esos complejos, hice una primera aproximación y busqué en internet cursos para adultos, cerca de mi casa.

Ahora, volviendo la vista atrás, sé, que, simplemente, no era el momento.

Pero hace un par de semanas, la cosa cambió de manera repentina.

Planificando una escapada “findesemanera” con mis amigos, surgió la idea de acabar una caminata con un paseo en kayak por un desfiladero, y ahí mis entrañas se revolvieron de nuevo, agitadas por Parki, como un sonajero.

En un primer momento me sentí como un prisionero, avanzando a regañadientes por la tabla del barco pirata, a punta de espada, encima de un mar embravecido e infestado de tiburones.

Pero después me autoconvencí y me dije: ¡Mira, igual es el momento! Así que, decidido, buceé (vaya ironía) por internet hasta encontrar lo que buscaba, me acerqué a una tienda de deportes, me agencié unas gafas y un gorro de baño, y me presenté en la piscina para dar mi primera clase.

Lo primero que me encontré en el vestuario fue a un padre con su cuerpo semidesnudo, secando y vistiendo con ternura a su bebé de veinte meses, con sus caras sonrientes.

Entonces, viendo la felicidad reflejada en sus rostros, supe que había acertado con mi decisión, que era muy afortunado por tener una segunda oportunidad, y que iba a disfrutar del momento como nunca antes lo había hecho.

Sin dudarlo me puse mi traje de “Sireno-man” dispuesto a zambullirme en el agua de la piscina, alejándome para siempre de ese oasis llamado zona de confort que todos tenemos a nuestro alrededor, y que tanto nos cuesta dejar, tan sequito, cálido y cómodo.

Me planté delante del profesor y le estreché, decidido, mi mano temblorosa; escuché con atención sus primeras explicaciones y me sumergí en el agua sin titubear, cumpliendo uno de mis más anhelados deseos, mientras las neuronas sanas que todavía habitan en mi cerebro trasmitían instantáneamente la orden al resto del cuerpo, como el capitán a un grumete, vociferando con su voz grave y autoritaria:

¡Al agua, pato!

 

sirenoman


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