La mochila

9 dic 2018 · 3 mins

Hay algunos días en los que la mochila figurada que todos los seres humanos llevamos a la espalda se siente más pesada.

Poquito a poco se va llenando (o, mejor dicho, la vamos llenando, inconscientemente) de nuestros problemas y preocupaciones.

Yo, particularmente, soy un especialista.

La voy cargando con el peso de la impotencia, por no conseguir terminar mis programas en el trabajo, cuando me interrumpen constantemente por teléfono, sacándome de la concentración necesaria para hacerlo.

Con el peso de la ira, cuando me sacan de mis casillas esos locos Fitipaldis que te adelantan con el coche por la derecha, intentando colarse impunemente en la cola que tú, pacientemente, has estado aguardando.

Con el peso de la desesperanza, cuando mi mano no responde como me gustaría, o me “falta aceite en las articulaciones” y mis músculos se agarrotan, haciéndome sentir oxidado como el hombre de hojalata del Mago de Oz.

Con el peso del desconsuelo, cuando ves que la llama de la vida de tus padres se va apagando poco a poco y tú apenas puedes protegerla del soplo huracanado y caprichoso del destino.

Poco a poco la mochila se llena de piedras, y en ese momento casi no puedes caminar.

Entonces llega el momento de poner solución, de soltar lastre.

Siendo constante, haciendo mis ejercicios “antiparkinsonianos” cada mañana, alzando las pesas con mis brazos, o estrujando con mis dedos esa masilla terapéutica de color azul, que a mí me recuerda más a un trozo de plastilina arrancado de mi infancia.

Relajándome, encendiendo incienso y practicando yoga un poquito después, recibiendo dulcemente el calor de los primeros rayos de sol que me regala el amanecer, mientras mis músculos se tonifican con cada ejercicio y el alma se descarna de mi cuerpo.

Practicando la respiración en el coche hasta que me importa una mierda lo que hagan los demás, abriendo la ventanilla y deseándoles buen viaje con la mano, a donde demonios quiera que vayan.

Pasando más tiempo con mi familia, dándome cuenta de lo que realmente importa de verdad, separando la paja del grano.

O escribiendo este blog, materializando en palabras escritas las ideas de mi cabeza, al tiempo que resquebrajo mi burbuja a base de golpearla con la punta de mi bolígrafo.

Y, finalmente, lo que más me libera, y con diferencia, es estar con mis amigos, coronando la cima de algún monte en alguna de nuestras excursiones, o compartiendo risas y confidencias entorno a una buena mesa y mejor compañía.

Entonces la mochila se vacía y mis pasos se aceleran, recorriendo más ligero el camino de la vida.

mochila


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