Paciencia y actitud

7 nov 2017 · 4 mins

Hace ya algunas semanas que no escribo.

Pensaba haberlo hecho el día 31, que fue mi “primer aniversario”, cuando me diagnosticaron.

Aquel día recuerdo que mi hermana me abrazó al salir de la consulta, mis padres se lo tomaron con una mezcla de temor e incredulidad, y al ir de camino a casa, se lo dije a mis amigos Oscar y Esti.

Desde entonces han pasado muchas cosas.

La definición exacta es “montaña rusa”, pasando de estar aliviado al principio, por saber que me pasaba, a alicaído cuando veía que la medicación no me funcionaba o que sus efectos secundarios podían conmigo.

Llevo dos semanas asistiendo a un cursillo sobre el Parkinson.

La primera semana sólo fue hacer una encuesta, y acabé ayudando a una señora mayor que se veía muy apurada porque no entendía las preguntas.

Me fui a casa contento.

Primero por haber ayudado a aquella señora, y segundo por el simple hecho de haber ido, porque era un paso hacia adelante, enfrentándome a lo que me puede deparar el futuro.

Ayer fue el segundo día, y nos explicaron que es exactamente esta enfermedad, con sus efectos.

Fue un día duro, porque vi esos efectos con mis propios ojos, cuando un señor ya muy mayor intentaba caminar y no podía. Eso sí que era un auténtico estado off…

Pero ese hombre lo intentaba e intentaba hasta que por fin se arrancó y pudo dar unos pasos.

Y, además, al rato, como si nada, empezó a hablar con el médico y le dijo: “Mira, ahora sí que me levanto y ando”. Y dio unos pasos como si nada.

Ese hombre me enseñó una cosa que a veces se me olvida: Todo se puede hacer con paciencia y actitud.

Después de eso me fui a casa y lloré de rabia, sobre todo porque estaba cabreado conmigo mismo, porque estos días me había dejado vencer.

Me ha faltado paciencia.

Me ha faltado actitud.

Esto es una carrera de larga distancia, y no puedo desfondarme al principio.

Podía haberme quedado en casa tirado en la cama, pero en lugar de eso, me pegué una ducha, y me fui “con cara de mala leche” a la clase de yoga.

Como siempre, llegué el primero, ajusté la luz para que no me molestara demasiado, y me descalcé esperando a que apareciera la gente.

Y allí estaba, calentando mi cuerpo y mirándome al espejo, cuando apareció mi profesor, Omkar.

Y le dije… hoy vengo de muy mala leche, y voy a soltar todo aquí.

Y el asintió sonriendo, y los dos primeros ejercicios fueron dirigidos a soltar esa rabia, dedicados especialmente a mí.

Y vaya que si la solté.

A golpe de canción y a golpe de sacudir el cuerpo, fui liberando toda esa energía negativa.

Y pensé: Esa es la actitud.

El día había comenzado mal, pero acabó muy bien.

Así que hoy me he levantado y me he ido a rehabilitación.

Y la fisio ha sonreído cuando en uno de los ejercicios, mi muñeca derecha por fin ha cedido y se ha movido como debía.

Y se me ha pasado la sesión en minutos.

Y el día en segundos.

Por haber tenido paciencia.

Y por haber tenido actitud.

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