Venus, no estés triste

22 jun 2017 · 6 mins

Como cada mañana he salido a caminar.

Es el remedio que tengo contra el insomnio que provoca la enfermedad.

Como cada mañana he seguido la misma ruta.

A esa hora de la mañana (o más bien, de la madrugada), no hay prácticamente nadie. Sólo el silencio, el trinar de algún pájaro madrugador, los aspersores intentando mojarte y, arriba, mi amada Luna.

Como cada mañana por estas fechas Venus la acompaña en el cielo.

Es un pequeño punto luminoso comparado con ella, pero se ve perfectamente.

Pero hoy Venus se ha quedado solo, la Luna no le acompañaba. Llevaba algunos días perezosa, y hoy, por fin, se ha quedado dormida.

Como cada mañana he sonreído mientras caminaba e iba ejercitando mis músculos.

Primero los dedos de las manos, tocándolos uno a uno.

Después las muñecas y los brazos, hasta llegar al cuello.

Y así, durante un buen rato, hasta que mi cuerpo se calienta, dejando de estar agarrotado y puedo andar libre sin ataduras.

Sonreía pensado en ella, en la Luna.

Es curioso, pero me acuerdo perfectamente de la primera vez que tuve consciencia de ella.

Fue un viernes gélido de invierno, acompañando a mi madre en una de sus compras semanales. Nos solía llevar a mi hermana y a mí a todos los lados. Y nosotros nos sentábamos resignados en el banco del establecimiento.

Aquel día estaba aburrido y cansado. Sobre todo, por aquel enjambre de mujeres, zumbando a mí alrededor, y que no hacían más que decirme “Uy que grande estás ya”, mientras agarraban mis mofletes y tiraban de ellos sin piedad, a pesar de mi mirada asesina.

Aquella vez estábamos en una carnicería, en los bajos del edificio más alto de mi barrio. Tenía en mis manos una especie de libro que más se parecía a un cómic. Era “De la Tierra a la Luna” de Julio Verne. Al salir de allí miré instintivamente al cielo, y la encontré. Llena y blanca, como nunca la había visto.

Desde entonces ha estado conmigo.

Desde entonces miro al cielo y la veo, allá arriba, observando cómo va cambiando su madre tierra, hasta que se acuesta llorando viendo lo que los hombres le estamos haciendo.

Irónicamente pude haber estado más cerca de ella al acabar mis estudios, al conseguir una beca de la Agencia Espacial Europea. En realidad, fui segundo, pero finalmente me llamaron cuando renunció el titular.

Mi mal inglés, mi timidez, mi recién encontrado trabajo y, sobre todo, mi cobardía, hicieron que renunciara a ella.

Durante mucho tiempo me arrepentí de aquello. Es fácil verlo con perspectiva o en carne ajena, pero en ese instante, en ese “lo tomas o lo dejas” influyen muchos factores. El no ver a la familia y a mis amigos. El miedo a lo desconocido…

Hasta que un día descubrí que esos “y si” no tenían mucho sentido.

Elegí una bifurcación del camino, como otra cualquiera.

Y resultó que no fue tan mala.

Seguramente no hubiera conocido a mucha gente. O tampoco me hubiera reencontrado con otra.

Como esas dos hermanísimas, una de ellas medio loca y la otra medio bruja, que siempre están riñendo, y que como buenas hermanas, no pueden estar la una sin la otra.

O ese chico que me regala una medalla cuando menos te lo esperas.

O ese buenazo que siempre fue mi amigo y que se fue al pueblo de sus padres y acabó dirigiendo una conservera.

O esa mujer que lo que tiene de alta lo tiene de bonachona y que se sentaba a mi lado en clase.

O ese friki que tiene unos gustos parecidos a los míos y que cuando empezamos a hablar no paramos.

O ese otro que lee mi blog y me mira arrepentido pidiéndome perdón, cuando sabe que hace tiempo que lo hice y que no le guardo ningún rencor. y que para mí será siempre aquel amigo con el que compraba a medias aquel tebeo llamado “Fuera Borda”, o que me consolaba amargamente por haberme clavado un dardo en la pierna mientras jugábamos cerca de nuestra casa.

Y ella, en todo momento, estuvo allá arriba, en el cielo, viéndolo todo.

Ese cielo que de vez en cuando hay que mirar para darse cuenta que no somos nada, tan sólo un puntito en el Universo.

Ese cielo que por primera vez descubre un amigo de 10 años en una casa rural, cuando le digo “Ven, te voy a enseñar una cosa”, escapándonos sin pedir permiso a sus padres.

Y él me sigue confiado, primero a regañadientes, tumbándose en la hierba junto a mí, hasta que de pronto la descubre y se enamora, como lo hice yo a su edad, sin querer entrar de nuevo en casa, maravillado por ese cielo infinito.

Venus, no estés triste.

Ella mañana volverá a tu lado, como cada noche, desde el principio de los tiempos.

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