El veintitrés

12 jun 2017 · 3 mins

El veintitrés es el número de un portal de la calle donde me crié.

No tendría nada de especial, podría pasar por un portal normal de gente obrera, salvo porque en ese bloque de viviendas han vivido mis tíos, y crecido mis primos.

Conforme ha pasado el tiempo, poco a poco, se ha ido quedando sin los vecinos que compraron las viviendas originalmente. Sus luces se han ido apagando.

 Hace dos días se apagó la de mi tío Julián, el último de los que quedaban en el portal.

Como cada tarde después de comer, he pasado debajo de su ventana. Instintivamente he mirado hacia ella, y he echado en falta su grito diciéndome: ¿Dónde vas?  O a mi tía, Carmen, en la otra ventana mirando.

Sin darme cuenta he mirado a la buhardilla, donde antes vivían mis otros dos tíos, José y María. Hace mucho tiempo que no miraba hacía allí. Ya no estaba mi tía asomada a la barandilla, o mi tío saludándome al pasar.

Entonces he mirado más arriba, hacia el cielo, y he pensado que ya deben estar todos juntos, reunidos en torno a un puchero de garbanzos, mientras mi tío llegaba y su mujer, mi tía, le regañaba porque estaba demasiado delgado y había tardado demasiado tiempo en reunirse con ellos.

Como mis padres o mis dos tíos que afortunadamente siguen vivos, han sido personas duras. La vida los hizo así, pasando hambre en la posguerra y decidiendo emigrar hacia el norte porque no veían demasiado futuro en su tierra, Extremadura.

Fueron capaces de ser valientes y dar el paso, de lanzarse a lo desconocido. De labrarse un porvenir a base de trabajar de sol a sol, o de educarnos a nosotros, regañándonos cuando hacía falta, bien con palabras, bien con un zapatillazo certero, que a veces magullaba más el alma que el cuerpo.

Los imagino en estos momentos rodeados de flores, en una dehesa, o recogiendo aceitunas ya por capricho, o tumbados en la hierba húmeda. Porque creo que siempre han sido gente de campo. Por eso siempre miraban por la ventana o se asomaban a la barandilla, porque en casa, entre cuatro paredes, se sentían como pájaros enjaulados.

Así que creo que mi tío, como el resto que ya faltan, ha conseguido volar y ser libre, aunque haya dejado ese portal vacío y a nosotros nos duela tanto.

D.E.P., tío Julián.

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