El viaje de retorno a España

26 nov 2025 · 25 mins

Han pasado varios días desde que le salvamos la vida al Gran Duque de Alba. Con mucho esfuerzo y demasiada sangre derramada por ambos bandos, por fin habíamos apresado al príncipe Guillermo de Orange. Desde entonces, permanecía encarcelado en las mazmorras de un caserón antiguo, propiedad de los Alba.

—Ayudadme, os lo ruego. Necesito de hombres como vosotros, curtidos en la batalla y experimentados, para conducir a ese traidor ante el rey —nos había pedido el duque al alférez Julián San Pedro, a Diego Alcázar y a mí, Íñigo Jorajuría, después de haber recibido todo tipo de halagos por su parte—. Pensad en mi ofrecimiento, que seréis bien recompensados.

Después de eso, se despidió de nosotros con una reverencia, deteniéndose frente a Diego.

—Gracias por salvarme la vida, Diego. Estoy en deuda con vos.

—Su Excelencia no me debe nada. Lo único que le pido es que alimente bien a su tropa y que les dé un buen trato; que para eso han peleado duro, atrapando a ese protestante malnacido, dando lustre al buen nombre de vuecencia y al de nuestro reino, que es España.

Con el dolor del que entierra a un hermano, dimos cristiana sepultura a todos los que habían caído en la contienda.

—Hasta siempre, niño Jiménez —me despedí con tristeza del joven piquero, que había muerto destripado en la batalla—. Descansa en paz en el cielo, al lado de tu querida madre…, ¡nunca te olvidaremos!

Diego, incapaz de decir nada, colocaba unas cuantas flores sobre la tumba del niño. Por su parte, el alférez lloraba sin consuelo, como si hubiese perdido a un hijo.

Estuvimos haraganeando varias semanas, hasta que llegaron los refuerzos para reconstruir nuestro maltrecho ejército. Sin nada más que hacer, nos tumbábamos a la bartola, dormíamos a pierna suelta, y malgastábamos nuestra paga, bebiendo y jugando a los naipes.

—¿Qué haréis ahora, compadres? —nos preguntó el capitán Sánchez, una vez reorganizada la compañía, dispuesta para partir.

—Somos demasiado viejos para batirnos el cobre y aguantar los rigores de este clima, capitán —dije en nombre de los tres—. Es hora de licenciarnos y de dar paso a los más jóvenes. Aceptaremos la proposición que nos hizo el duque.


Estábamos delante del portón principal de la casa de Alba. Nuestro aspecto era más que deplorable: ni nuestra ropa, ni nuestras botas daban ya más de sí; lo cierto es que parecíamos tres mendigos.

Toqué la aldaba del portón anunciando nuestra llegada. Una mujer joven se asomó por una ventana del piso superior.

—¡Fuera de aquí, pordioseros! —dijo de malas maneras—. En esta casa no damos limosnas.

—¡Déjanos entrar, que queremos ver a tu amo! —protesté malhumorado—. Dile que somos los tres soldados que le salvaron la vida, si no quieres que te azote aquí mismo.

Mis compañeros me rieron la gracia con complicidad.

Después de unos instantes, los goznes del portón de entrada chirriaron. Una mujer, lujosamente vestida, salió a nuestro encuentro.

—Perdonadme, señora —dije con educación—. Queremos hablar con Su Excelencia. Él sabe de nosotros.

—¿No me ibais a dar unos azotes? —replicó la mujer elevando la voz—. ¡Hacedlo si os atrevéis, deslenguado!

Me sonrojé sin poder evitarlo; era la joven que se había asomado por la ventana.

—¡Perdonadme de nuevo, señora! Creía que erais una simple criada.

—¡Te has equivocado por completo! Me llamo Catalina y soy una de las damas de compañía de la mujer del duque, doña María.

—Siento la confusión —me disculpé avergonzado mientras me inclinaba ante ella y me sacaba mi sombrero, a modo de reverencia—. Mi nombre es Íñigo Jorajuría, y estos son mis compañeros, Diego Alcázar y el alférez Julián San Pedro. Llevadnos ante Su Excelencia, que seguro se alegrará de vernos.


Nos encontrábamos ante el Gran Duque de Alba en el amplio salón principal de la casa, de cuyas paredes colgaban lujosos tapices con motivos bélicos.

—¡Dichosos los ojos! Me alegro gratamente de que aceptéis mi proposición —dijo mostrando una gran sonrisa—. ¡Catalina, atended a nuestros huéspedes para que se sientan cómodos!

Íbamos detrás de la joven perdidos, sin saber muy bien a dónde nos llevaba.

—¡Oléis mal y vuestros ropajes están hechos girones! Tendréis que daros un buen baño y deshaceros de esos harapos —nos ordenó dejándonos solos en la zona donde se aseaban los sirvientes.

Disimuladamente, miré como se marchaba y me ruboricé: había algo en ella que me atraía.

—Alférez, ¡me parece que el zagal se nos está enamorando! —le decía con sorna Diego a Julián San Pedro mientras los tres nos dábamos un baño en una tinaja muy grande llena de agua caliente, perfumada con pétalos de flores secas.

—¡De esta, el navarro se nos casa! —le seguía el juego el alférez.

—¡Callaos ya, cabrones! —rechisté mientras me frotaba la espalda con una pastilla de jabón—. ¿Os habéis fijado en lo bien que huele a olivas este jabón? ¡Cómo me recuerda a las tierras de Jaén! —dije intentando desviar su atención.

Al rato, Catalina entró en la estancia con algo de ropa; abochornados, nos cubrimos el pecho con los brazos.

—Aquí tenéis. Espero que sea de vuestro agrado.

—Oye Catalina…, ¿qué te parece el zagal? —le preguntó Diego descarado.

Catalina lo fulminó con la mirada, sin mediar palabra; yo me quería morir de la vergüenza.

Terminamos de bañarnos y de acicalarnos. En un espejo muy lujoso, decorado con un marco de oro, me rasuré el mostacho, que me había acompañado durante tantos años y que me hacía ocultar tras de sí al ingenuo y joven Eneko, para mostrar a Íñigo, mi yo adulto y audaz.

—¡Si pareces un jovenzuelo, Íñigo! —volvió a mofarse Diego.

—¡Ahora sí que no se te escapa la moza! —bromeó de nuevo el alférez.

La verdad es que éramos otros. Arreglados y perfumados, bien rasurados y vestidos con caros ropajes, con las botas relucientes y nuestras espadas bien afiladas y engrasadas, parecíamos espadachines de primera.

Miré de reojo a Catalina, que me estaba observando. Nuestras miradas se cruzaron y por primera vez vi aquel brillo en sus ojos, que desde entonces me hace sentir mariposas en el estómago.


De nuevo, estábamos en presencia del duque, ya más limpios y con mejor presencia.

—¡Veo que Catalina os ha sacado lustre! —aprobó al vernos— Podéis retiraos, Catalina. Volved con mi esposa, que reclama vuestra presencia.

Nos quedamos a solas con el de Alba.

—Mi idea es viajar en un carruaje y trasladar a Guillermo de Orange a España, aunque haremos creer que sigue cautivo en Flandes. Para cuando se descubra el engaño, el hereje protestante estará rindiendo cuentas a nuestro rey.

Su Excelencia nos siguió hablando de su plan, del que había pensado hasta el más mínimo detalle.

—Diego y el alférez conducirán el carruaje mientras se encargan de custodiar al príncipe. Tú y Catalina fingiréis estar recién casados y viajar a Pamplona, para presentarle tus respetos a su padre, que haremos creer que reside allí. Entrando por Irún, al norte del Reino de Navarra, pasando por los pueblos de Vera de Bidasoa y Sunbilla, haréis noche en Doneztebe, en la casa-torre de mi amigo el conde de Eunate, que ya ha sido informado de manera conveniente. Finalmente, pondréis rumbo a la capital navarra, donde os esperará una compañía de la Guardia Real, que escoltará al príncipe hasta Madrid.

El corazón me dio un vuelco. Después de tantos años, volvía a escuchar aquellos nombres: el de mi pueblo natal, Sunbilla; y el de aquél odioso conde de Eunate, que me traía tan amargos recuerdos, entre ellos la pérdida de mi madre y la destrucción del caserío de la familia Jorajuría, Arri gaztelu.

Nervioso, intenté recapacitar: era imposible que el actual conde fuera el mismo malnacido que ordenó saquear el caserío de mi familia. Debía ser Francisco, su hijo y único heredero.


Al cabo de unas semanas, y siguiendo los planes previstos, estábamos preparados para iniciar nuestra aventura.

—¿Todos dispuestos? —preguntó el alférez antes de iniciar la marcha en medio de la oscuridad.

—¡Dispuestos! —respondimos al unísono.

Incluso el malvado Guillermo de Orange quiso dar su opinión, atado y amordazado como estaba, viajando en un doble fondo del carruaje.

C'est un scandale ! J'exige d'être traité comme un prince !

—¡Callaos, hideputa afrancesado! ¡Que no hay cristiano que os entienda! —le reprobó Diego con su habitual buen humor mientras golpeaba con el pomo de su espada sobre el doble fondo, para hacer callar al hereje.

Diego y el alférez vestían como cocheros. Escondían sus espadas entre los ropajes, listos para entrar en combate en cualquier momento. Catalina y yo íbamos en la caja del carruaje, vestidos de manera muy elegante. «Aunque soy mayor que ella, hacemos buena pareja», pensé mientras sonreía de forma bobalicona.

Atravesamos Francia sin contratiempos; no hay nada como llevar una buena bolsa de monedas de plata.

Durante varias jornadas permanecí callado y ensimismado en mis pensamientos. En mi cabeza surgía un dilema: el de ser fiel a las órdenes del duque y cumplir la misión que nos había encomendado, o saciar la sed de venganza que había vuelto a sentir en mi garganta después de tantos años. Otras veces, sin embargo, no paraba de parlotear con Catalina. Desde nuestra partida de Flandes, habían sido muchas las horas de charlas y de miradas cómplices entre los dos. Ya no quedaba ni rastro de aquella arisca mujer que nos había recibido a la entrada del caserón del duque de Alba. Entre los dos había surgido una confianza mutua, como si nos conociésemos de toda la vida.


Llegamos a Irún, en la frontera con España.

Diego mostraba nuestro salvoconducto a la guardia —nada más y nada menos que un documento firmado por el mismísimo duque de Alba—; Catalina empezó a hablarme.

—Estás muy guapo, te sienta muy bien esta ropa. Menos mal que te afeitaste ese horrible mostacho, que te hacía tan mayor.

—Gracias, tú también estás muy hermosa —le correspondí ruborizado. Mi corazón palpitaba sin parar; se me iba a salir del pecho—. Por cierto, ¿has visitado alguna vez nuestra tierra?

—Según tengo entendido, nací en España. Yo no me acuerdo prácticamente de nada; con muy pocos años me acogieron los duques de Alba, que casi siempre han vivido fuera de España. Ellos me educaron como si fuese de la nobleza, aprendiendo a ser dama de compañía de la esposa del duque.

—Entonces, ¿no perteneces a la nobleza?

—No…, ¿acaso importa? —me miró inquisitiva.

—Para nada —respondí con alivio.

Había caído la última barrera que se anteponía entre nosotros.


Continuamos nuestro camino por una antigua calzada romana, que unía las poblaciones de Vera de Bidasoa y Sunbilla. Llovía débilmente, como casi siempre en aquella región del norte de Navarra. Al instante, reconocí ese olor tan característico de mi añorado hogar, mezcla de tierra mojada y hojarasca. Era media mañana y el carruaje se balanceaba de un lado para otro, haciendo el viaje un poco más incómodo de lo habitual.

Mais que se passe-t-il ? Le wagon bouge beaucoup trop ! —se quejó el príncipe Guillermo desde su habitáculo.

—¿Qué dice este deslenguado, Julián? —le preguntó Diego al alférez San Pedro.

—Me ha parecido entender: “Pero ¿qué pasa? ¡Esta carrozo se mueve demasiado!”

—¡La madre que os malparió! ¡Hablad bien de una vez, zurcefrenillos de tres al cuarto! —replicó Diego, golpeando con fuerza el pomo de su espada contra el doble fondo, haciendo callar al príncipe.

A mitad de camino entre las dos poblaciones, hice detener el carruaje y todos bajamos. Estábamos ante los restos de un caserío, casi irreconocible al estar invadido por la maleza, en la antigua heredad de los Jorajuría, donde antaño el joven Eneko correteaba libre y sin preocupaciones.

—Aquí nací yo, en Arri Gaztelu —dije con un tono de voz melancólico—. En castellano significa “Castillo de Piedra”. Es donde están enterrados mi padre, que murió víctima de la hambruna, y mi querida madre, que murió asesinada en el incendio que destruyó mi hogar.

No pude más: me eché a llorar como un niño mientras Catalina apretaba con fuerza mi mano y los demás me miraban apesadumbrados.

Les desvelé mis dos mayores secretos: el de que mi verdadero nombre era Eneko; y el de mi juramento de venganza contra los Eunate, a cuya casa-torre nos dirigíamos.

—Vamos a ver como se suceden los acontecimientos, y que sentimientos te afloran al llegar a la casa —dijo juiciosamente el alférez—. Te apoyaremos, tomes la decisión que tomes.

—¡Por supuesto! —corroboró Diego—. Ya sabes que somos compadres, y que por un compadre se da todo…, ¡hasta la vida!

Catalina no dijo nada. Apretó aún más mi mano y me miró con dulzura mientras la fina lluvia nos mojaba y volvíamos a guarecernos en el carruaje.


Llegamos sin novedades a la casa-torre de los Eunate, situada a una legua del centro de Doneztebe. La lluvia seguía cayendo débilmente, hacía frío y estaba anocheciendo.

Un mozo del establo se encargó de dar de comer y beber a los caballos, y de acomodar a Diego y al alférez para que pudiesen descansar. Mientras tanto, un soldado puso a buen recaudo al príncipe Guillermo en una mazmorra, que miraba aturdido, sin comprender lo que pasaba.

—He contado cinco soldados, que están bebiendo y jugando a los naipes aquí al lado —farfulló Diego en voz baja.

—Ya los he visto, ya…, yo he contado otros cinco, que están en las mazmorras, vigilando a nuestro príncipe rebelde —respondió el alférez.

—Pues entre tres, y si no me fallan las cuentas, casi a cuatro pares de compañones tocamos por barba—replicó Diego riendo entre dientes—. ¿Has estado atento, Íñigo?

—Sí, compadre —contesté.

Catalina y yo fuimos llevados al primer piso, para acomodarnos en una de las habitaciones más lujosas, reservada para los invitados ilustres.

—Espero que esta habitación sea de su agrado —nos dijo una criada—. Hemos encendido el fuego de la chimenea para que no pasen frío mientras descansan del viaje. Dentro de un momento los conduciré al salón donde aguarda el conde, que últimamente no está muy bien de salud.

Nos acomodamos en la habitación, que estaba decorada de manera austera; una cama enorme presidía la estancia.

—¡Fíjate que colchón, Íñigo! —me dijo Catalina con una mirada pícara en sus ojos mientras saltaba sobre la cama—. ¡Creo que está relleno de plumas de ganso!


Me tumbé a su lado y dimos rienda suelta a nuestra pasión desenfrenada.

Nos encontrábamos a la entrada del salón principal, esperando a que el conde nos recibiese.

—Adelante, ¡pasen, por favor! —dijo tosiendo, postrado en una butaca al calor de la chimenea.

Como sospechaba, era Francisco de Eunate, el único hijo y heredero del malnacido que trajo la desgracia sobre mi familia, aunque estaba muy avejentado y demacrado para su edad. «Este cabrón está enfermo de tosferina», pensé.

Sin demora, le presenté mis respetos, entregando una carta que el duque de Alba me había dado para él.

—Ya me informó Su Excelencia por carta de vuestra llegada, y que vos en particular, Íñigo, gozáis de toda su confianza. Por cierto…, ¿sabéis que el apellido Jorajuría es oriundo de esta zona?

—No, no lo sabía. Yo soy de un pueblo cerca de San Sebastián. Por supuesto, puede confiar en mí plenamente —mentí con disimulo, aunque por mis adentros deseaba atravesarlo con mi espada.

Mientras el conde leía la carta, Catalina miraba boquiabierta un retrato de una mujer en la pared, que era su viva imagen.

—Sois como dos gotas de agua, ¿verdad? —le dijo el conde a Catalina. Después de unos segundos siguió hablando dubitativo, con voz temblorosa—. Era tu madre y se llamaba Amaia…, como tú. Aunque tu apellido es Eunate.

—¿Está usted loco, señor conde? —dijo Catalina con incredulidad—. Yo no soy una noble, ¡no puedo ser su hija!

—No, no estoy loco —respondió tosiendo nervioso—. Y sí, eres mi hija. Poco después de tu nacimiento, me emborraché y discutí con tu madre. Cegado por el alcohol y la ira, la empujé por la ventana y cayó al vacío. Os juro que no quería hacerlo… Murió unos días más tarde por los golpes sufridos en la caída. Después, te entregué al duque de Alba; no soportaba el dolor de verte crecer reflejada en ella.

El conde enmudeció, intentando respirar con dificultad.

—¿Por qué me cuenta todo esto ahora? —preguntó Catalina airada.

—¿Acaso no me ves? Me estoy muriendo —sentenció el conde—. Cuando tuve noticias de la captura del príncipe Guillermo por parte del duque, y que iba a ser trasladado a España, le rogué que te enviara aquí. En esta carta me confirma que eres aquella niña que le entregué en su día. Quiero que me perdones y restablecer tu título nobiliario: serás la condesa de Eunate.

La sangre me hervía por dentro…, ¡no iba a poder vengarme de los Eunate! Catalina, mi amada, llevaba su sangre. Y para colmo, ¡no era una plebeya!

El conde continúo hablando.

—No puedo dejarte en herencia un condado en ruinas, así que no he tenido más remedio que faltar a mi lealtad para con el duque y traicionarlo. He hecho un pacto con los franceses: canjearé al príncipe Guillermo a cambio de trece arcas repletas de oro. Así, podrás vivir con holgura, hija mía.


Justo en ese momento, en el piso inferior, se escuchó un gran estruendo.

Corrí escaleras abajo para ver lo que pasaba.

La cosa parecía fea. Los dos veteranos peleaban en el centro del piso inferior, espalda con espalda, rodeados de soldados.

—¡Atizad con fuerza, alférez! —gritaba Diego, blandiendo su espada contra uno de los soldados, que acabó sucumbiendo a sus envites —. ¡Que os lleve el diablo, piojoso traidor!

—¡En ello estoy! —le contestaba el alférez, que no paraba de lanzar estocadas contra otro de los soldados.

—¡Tranquilizaos, compadres, que llegan los refuerzos! —dije mientras me abalanzaba sobre un soldado, que acabé degollando con mi vieja tizona.

—¡A tiempo llegas de unirte a la fiesta, Íñigo! —dijo el alférez empleando con brío su espada—. Te pongo en antecedentes: La trifulca ha comenzado al escuchar la conversación entre dos de los soldados; uno decía que Diego y yo éramos unos viejos pazguatos, que sería fácil el acabar con nosotros; el otro le replicaba diciendo que contigo sería otro cantar, que parecías más joven y más fuerte, pero que no te quedaría otra que rendirte si nos mataban.

—¡Hombre! ¡Por fin se digna a aparecer, el señorito! Ya echaba yo de menos el mancharme de sangre las manos —se regocijaba Diego mientras le saltaba los dientes a otro de los soldados, que era uno de los que había participado en la conversación—. ¡Toma, cabrón, para que aprendas a no irte de la lengua y a respetar a los mayores!

Después de mucho pelear, fueron cayendo uno tras otro los soldados enemigos, que no eran nada hábiles con la espada. El último de ellos se rindió de manera cobarde, escondiéndose en la misma mazmorra del príncipe Guillermo.

Quels animaux brutaux ces Espagnols ! —exclamó Guillermo escandalizado, al ver los charcos de sangre y los cadáveres esparcidos por doquier.

—¡Chitón, malnacido, que aún os lleváis un trastazo de los míos! —le amenazó Diego.


Habían pasado varios meses desde que entregamos en Pamplona al príncipe de Orange, finalizando con éxito nuestra misión, por lo que recibimos una gran cantidad de monedas de plata.

El conde de Eunate había muerto, víctima de sus remordimientos y de un ataque agudo de tosferina; Catalina había adoptado el nombre de Amaia, para honrar a su difunta madre, y renunció a su título de condesa, renegando de su linaje; y yo, por mi parte, había recuperado mi nombre, Eneko, y empezado a reconstruir el caserón de mi familia con las ganancias de la recompensa recibida.

—Eneko, ¿juras sobre esta tu tierra, que es también la de tus antepasados los Jorajuría, amar y querer para siempre a Amaia? —me preguntó el sacerdote, que estaba oficiando la ceremonia.

—¡Si, lo juro! —respondí decidido.

—Y tú, Amaia, ¿lo juras también?

—¡Si, también lo juro! —respondió sonriente y feliz.

—Por el poder que me ha otorgado la santa madre Iglesia, ¡yo os declaro marido y mujer! Eneko…, ¡puedes besar a la novia!

Nos fundimos en un beso apasionado mientras mis compadres gritaban «¡Vivan los novios!». Desde el otro lado del bosque, se escuchó el aullido de un viejo lobo, como queriendo darnos su bendición.

En cuanto a Diego y al alférez San Pedro…, todavía se les ve por Sunbilla mientras se emborrachan y malgastan sus ganancias por las tabernas, en jarras de vino y mujeres de mala vida.


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