La guerra de Flandes

4 nov 2025 · 14 mins

Llevábamos varias jornadas caminando entre nieblas y humedades, sin apenas comer ni descansar, con el maldito frío clavándose en nuestros huesos. Ni siquiera nuestras capas, hechas unos harapos, servían ya para protegernos.

Por fin nos encontrábamos frente al ejército protestante, esos herejes malnacidos que habían osado sublevarse contra nuestra Santa Madre Iglesia y nuestro rey Felipe II.

—Vaya tiempo de los demonios que hace —le dije a mi compañero Íñigo, que se encontraba pegado a mí, dándonos calor mutuamente—. Tú eres del norte de Navarra y estarás acostumbrado a este frío, pero yo soy de Sevilla y no puedo con él.

—¡Nos ha jodido el marqués! Por el tiempo que llevamos aquí, tú también deberías estarlo, Diego. Somos ya galgos viejos, incluso demasiado, como para seguir luchando en esta maldita guerra. Mal pagados, mal comidos y mal vestidos…, ¡ni catar hembra nos dejan! —me dijo con una sonrisa pícara en los labios, ocultos tras un frondoso bigote peinado de canas.

—Entonces, ¿por qué estamos aquí?

—Pues para hacer honor a los versos que ya conoces: «España mi natura, Italia mi ventura, Flandes mi sepultura» —recitó con sorna—. Ya conoces nuestras órdenes: debemos apoyar al tercer duque de Alba —el Gran Duque— para que pueda capturar al jefe de los rebeldes, Guillermo de Orange, y llevarlo ante el rey para que rinda cuentas por el alzamiento en Flandes.

—Si no fuera porque le debo lealtad a España y respeto a la memoria del que nos enseñó a pelear con honor y valentía, don Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán y padre de los Tercios Españoles), le iban a ir dando al duque, que nos manda a guerrear como el que lleva a unos borregos al degolladero.

—¡Callaos, copón! —nos recriminó el alférez San Pedro, que dirigía nuestro grupo y que también era veterano—. Manteneos en silencio y guardad fuerzas, que en breve se nos echará encima la caballería enemiga. Estábamos en formación, listos para el combate. En primera fila se colocaban los soldados más jóvenes y fuertes, los piqueros, preparados para destrozar a la caballería enemiga con sus largas lanzas. Los arcabuceros se situaban inmediatamente detrás, con sus armas de fuego, dispuestos a hacer estragos entre las tropas enemigas disparando bolas de plomo. Finalmente, y detrás de los arcabuceros, nos situábamos los más veteranos y hábiles en el arte de la espada, expertos en los combates cuerpo a cuerpo, peleando muchas veces con más maña que fuerza.

—¡Atentos, que se acercan! —nos advirtió el alférez al comprobar que el ejército enemigo empezaba a dirigirse hacia nosotros—. ¡Pardiez, Jiménez, sujete con firmeza su lanza y deje de temblar! —ordenó al más joven de los piqueros, que no tenía más de dieciséis años de edad, huérfano de madre.

—¡Fuego a discreción! —ordenó a los arcabuceros.

Las armas de fuego empezaron a tronar y un enjambre de bolas de plomo se dirigió silbando hacia las tropas enemigas cortando el aire, dejando tras de sí una nube blanca y densa con un fuerte olor a pólvora quemada. El plomo impactó inmisericorde contra los herejes, provocando alaridos de dolor mientras sus cuerpos caían inertes al suelo. El campo de batalla se tiñó de rojo y la humedad de la niebla se mezcló con el olor a miedo, muerte y destrucción. La batalla había comenzado.

—¡Bien hecho! —nos alentó el alférez—. ¡Levantad las picas, que llega la caballería!

El sonido de los cascos de los caballos enemigos se fundió con el del crujir de huesos chocando contra las largas lanzas; por el campo ya corrían ríos de sangre y nosotros, los más veteranos, todavía no habíamos entrado en combate. Asombrosamente, no habíamos sufrido ninguna baja.

—¡Avanzad! ¡Por el duque de Alba! ¡Por los Tercios! ¡Por España! —arengó el alférez, envalentonado.

Mientras adelantábamos la posición, los arcabuceros recargaban sus armas, introduciendo la pólvora y las bolas de plomo en el cañón y dejando las mechas listas para ser prendidas.

—Yo por ese cabrón no movería ni el dedo meñique —se me escapó mientras Íñigo reía entre dientes.

El segundo envite fue más cruento. Algunos piqueros no aguantaron la carga y murieron pisoteados por los caballos. Los arcabuceros tuvieron que blandir sus espadas y nosotros batirnos el cobre por primera vez en la pelea.

—¡Apúrate, Íñigo, que estos endemoniados herejes se manejan bien con la espada! —dije repartiendo unas cuantas estocadas, deshaciéndome de dos atacantes con facilidad.

—¡Calla y vigila tu flanco izquierdo que por el hedor atufa a francés! —respondía mirándome de reojo mientras que, de una patada, se quitaba de en medio a otro enemigo.

—¡Gracias, Íñigo! —dije resoplando mientras dirigía mis envites contra el francés, que se me acercaba peligrosamente—. ¡Malnacidos! ¡Cómo os gusta jodernos a los españoles! ¡Qué envidia nos tenéis! ¡Vosotros, los franceses y los ingleses, siempre metiendo vuestras sucias narices donde no os llaman!

—Goûte à mon sabre, graine du mal! —farfulló el francés mientras me atacaba.

—¡Dad recuerdos a Satanás de mi parte, hideputa, que no entiendo ni una palabra de lo que me dices! —le contesté, rebanándole de un mandoble el gaznate, del que salió un chorro de sangre a borbotones.

En el campo de batalla, el panorama no era muy alentador: nuestras tropas habían mermado en demasía y las escaramuzas se sucedían una tras otra, sin un claro atisbo de victoria. A pesar de ello, seguíamos avanzando hacia nuestro objetivo, el príncipe de Orange.

—Mala pinta le veo yo a este asunto, compadre —dije desanimado.

—Otro ataque más y los piqueros perderán la vida o huirán despavoridos víctimas del miedo, dejándonos con el calzón al aire —dijo Íñigo de forma premonitoria.

La caballería flamenca volvió a la carga, deshaciendo por completo el orden entre nuestros piqueros, masacrándolos.

—¡Aguanta un poco, zagal, que pronto acabará la batalla! ¡Todo irá bien, vas a encontrarte con tu madre en el cielo! —prometí a Jiménez intentando darle consuelo, apretando con fuerza sus manos ensangrentadas.

«Qué injusta es la vida», pensé al ver aquel cuerpo de niño tirado en el suelo, reventado y pisoteado, con sus tripas esparcidas por doquier.

Ya todos peleábamos a espada.

—¡Reorganizaos! ¡Diego, toma unos hombres y ataca por la derecha! ¡Íñigo, tú por la izquierda! ¡Yo me encargo del centro! —planteó el alférez San Pedro.

—¡A sus órdenes! —gritamos los dos al unísono.

Mientras tanto, en retaguardia, el duque cabalgaba pomposo junto a sus lugartenientes, a una distancia más que prudencial.

Poco a poco logramos abrirnos paso, repartiendo estocadas a diestro y siniestro, hasta crear una brecha en las defensas enemigas que protegían a su caudillo, pero pagando por ello un alto precio: de las veinte compañías que formaban el Tercio prácticamente en todas, en menor o mayor medida, se sufría alguna baja. En la nuestra, quedábamos en pie una cincuentena de hombres, la mayor parte espadachines, aunque también algún arcabucero que se sabía manejar bien con la espada. Por su parte, las bajas entre las tropas enemigas también eran cuantiosas.

De repente, el sonido de las trompetas de ambos bandos anunció el parar de guerrear. Nos agrupamos de nuevo, ya muy cerca de nuestro objetivo.

—¡La puta que los parió! Ya estamos como siempre, Íñigo. Ahora se acercarán a parlamentar entre ellos —grité enfadado, señalando hacia la retaguardia. Mientras nosotros, la soldadesca, nos dejamos las tripas batallando, ellos se pondrán a charlar como si nada, sin siquiera ensuciar de polvo sus caros ropajes.

—Tienes toda la razón, Diego —corroboró mi compañero—. Nos utilizan como peones de ajedrez, sin importarles lo más mínimo lo que nos pase. Esto ya no es lo que era, cuando los mandos combatían junto a nosotros, mano a mano, allá en Italia.

—¡Callaos de una puta vez, maldita sea! —nos ordenó el alférez, nervioso al ver que se acercaba el capitán Sánchez, comandante de nuestra compañía, veterano como nosotros.

Al mismo tiempo, un caballero se aproximaba desde la retaguardia. Era el mismísimo Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el tercer duque de Alba, cabalgando sobre su corcel de manera solemne, cubierto con una reluciente armadura repleta de insignias. Una banda en su pecho destacaba especialmente, la de la Insigne Orden de Caballería del Toisón de Oro, otorgada por el emperador Carlos I de España y V de Alemania.

—Ya te decía yo que este no se había manchado las manos de sangre —susurré a Íñigo al ver lo limpio que iba el duque mientras el alférez San Pedro me fulminaba con su mirada.

—Capitán Sánchez, solicito de vuesa merced un grupo de soldados que me sirvan de escolta para ir a parlamentar con el enemigo —ordenó el duque.

—¡A sus órdenes, excelentísimo señor! —respondió el capitán cuadrándose mientras nos repasaba con su mirada, de arriba abajo—. Alférez San Pedro, ¡venga aquí y traiga a sus mejores hombres! ¡Por supuesto, los soldados Diego Alcázar e Iñigo Jorajuría deben ser de la partida!

El alférez eligió a los soldados más experimentados, entre los que Iñigo y yo nos encontrábamos. Todos portábamos espadas tizonas, forjadas con el mejor acero toledano. Escondida entre mis ropajes, a buen recaudo y en lugar no visible, mi daga afilada, que me había sacado de más de un aprieto.

Rodeamos al duque de Alba y empezamos a movernos lentamente. En el otro lado, en las tropas enemigas, otro caballero y su escolta hicieron lo mismo. Nos encontraríamos a mitad de camino, en una especie de zona de nadie de terreno neutral, lo suficientemente alejada de ambos bandos. Al cabo de unos cuantos minutos, que se me hicieron eternos, llegamos al lugar elegido. Don Fernando comenzó a hablar:

—Buenos días, Guillermo. Por nuestra antigua amistad, te ruego que cejes en tu empeño. Depón las armas, que ya ha corrido mucha sangre en esta contienda —dijo el duque, levantando la celada del casco para hacerlo.

—Jamais! —dijo en francés su oponente.

—¿Quién sois vos? —preguntó el duque sorprendido al no reconocer la voz de su interlocutor—¡Es una trampa! ¡A las armas! —ordenó, apartándose a un lado.

—Ya estamos como siempre, Íñigo. ¡Otra vez a sacarnos las castañas del fuego nosotros mismos!

Desenvainamos nuestras espadas, dispuestos a la lucha. Nuestros oponentes, la mayoría soldados mercenarios de origen francés, experimentados como nosotros, hicieron lo mismo. El ruido del choque de las espadas era ensordecedor y las peleas eran continuas.

—¡Probad el acero español, miserable francés! —espeté a mi contrincante, hiriéndolo mortalmente tras varios intentos fallidos.

Después de un buen rato entretenido, pude mirar a mi alrededor. Aparte de mí, los únicos soldados de nuestro bando que seguían en pie eran el alférez San Pedro y mi compañero Íñigo, que se encontraban rodeados de enemigos. En cuanto a los caballeros, el falso don Guillermo había huido vilmente y don Fernando había descabalgado, espada en mano, llevándose por delante a unos cuantos rivales, ensuciando de sangre su flamante armadura.

—¡Por España! ¡Continuad combatiendo, que aún no ha llegado nuestra hora! —nos ordenó el duque mientras aguantaba su pesada espada con las dos manos, dispuesto a vender cara su vida.

—¡Por el pobre Jiménez! —exclamó emocionado el alférez San Pedro soltando una estocada mortal a su contrincante.

—¡Por todos los compañeros caídos! —gritó Íñigo abalanzándose como un poseso sobre los dos últimos combatientes enemigos, que cayeron muertos víctimas de su ira.

Se hizo el silencio. Todos, incluso el duque estábamos cubiertos de vísceras y de sangre. Como lobos que cazan en manada fuimos a reunirnos en el centro del lugar de la batalla.

—¡Habéis combatido con fuerza y honor, soldados! —dijo don Fernando haciendo una reverencia, agradecido—. Sois dignos de pertenecer a los Tercios. Se nota que os enseñó bien don Gonzalo, nuestro Gran Capitán.

De repente, uno de los mercenarios, medio moribundo, se abalanzó sobre el duque, intentando clavarle su espada.

—¡Muere, sucia rata traidora! —grité mientras lanzaba con rabia mi daga, que se clavó en la garganta del vil mercenario, muriendo en el acto.

—Mucho renegar, pero al final le acabaste salvando el pellejo al Gran Duque, aquí en Flandes —se mofó de mí Íñigo.

—¡No me jodas, Íñigo, no me jodas!, que se lo ha merecido con creces luchando —concluí, encogiéndome de hombros.


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