El nuevo Eneko

12 nov 2025 · 7 mins

—¡Lo conseguí! —dijo triunfante el joven Eneko mientras admiraba al animal que acababa de matar de un hachazo en el cuello, un jabalí joven de mediano tamaño de unas cinco arrobas de peso.

Exhausto, se tumbó en la hierba, al lado de su presa, para descansar y recobrar el aliento. Poco a poco, su pulso fue volviendo a la normalidad.

«No tengo tiempo que perder. He de quitarle las vísceras lo antes posible, para que su carne no se estropee, como me enseñó padre», pensó ya más calmado.

Cogió el extremo de una cuerda y lo anudó con firmeza alrededor de las pezuñas traseras del jabalí. El otro extremo lo lanzó hacia las ramas de un árbol cercano, de manera que la cuerda quedó suspendida en el aire. Finalmente, tiró con fuerza hasta que el animal quedó colgado boca abajo: por efecto de la gravedad el verraco se desangró, salpicando todo el terreno.

Sin perder tiempo, decapitó al bicho con el hacha y lo abrió en canal. Después, extrajo con cuidad sus vísceras, retirándolas del cuerpo del jabalí con su cuchillo de monte: hígado, corazón, pulmones y riñones acabaron envueltos en paños y guardados en un saco; el resto de las vísceras fueron desechadas.

Fabricó una camilla improvisada con dos ramas, lo suficientemente resistente como para poder cargar la preciada carne. «¡Cómo pesa el condenado!», se dijo mientras empujaba la camilla ladera abajo, deshaciendo el camino hacia el caserío familiar.

—Sigue el curso del riachuelo que atraviesa el bosque, así nunca te perderás —le había dicho su padre—. Es el camino más rápido y seguro para llegar a casa, aunque la niebla te envuelva o la nieve borre tu rastro.

«Está llegando el atardecer. Tengo que apresurarme, estoy tan cansado que casi no me tengo en pie, y aún me queda un buen trecho», se dijo.

Mientras seguía el curso del arroyo arrastrando la pesada carga, se sentía feliz por primera vez en mucho tiempo: silbaba y sonreía alegremente, pensando en lo contenta y orgullosa que iba a sentirse su madre. Por fin podrían saciar el hambre, acallando los rugidos de sus estómagos. Incluso, con un poco de suerte, sobrevivirían hasta la recogida de la siguiente cosecha de cereales.

El crujido de unas ramas lo puso en alerta, parándose en seco: un lobo, de color blanco y aspecto famélico, se interponía en su camino enseñándole los dientes, gruñendo de manera amenazadora.

«Eneko, piensa rápido o esta fiera va a dar al traste con todos tus planes», se dijo temblando de miedo.

—Vamos a hacer un pacto, hermano lobo —le dijo al animal mirándole a los ojos—. Aquí hay comida suficiente para los dos: dejaré el corazón del jabalí junto a este árbol para que sacies tu hambre y veas que te trato con respeto. A cambio, te pido que te apartes y me dejes seguir mi camino.

Depositó el corazón en el suelo, muy despacio, y se retiró sin hacer movimientos bruscos. El lobo se acercó y lo olisqueó con cautela y, como si hubiese entendido sus palabras, atrapó el corazón con sus fauces y desapareció corriendo, saltando entre los arbustos del bosque.

«Ufff…, de la que me he librado», respiró ya más tranquilo.

La oscuridad, poco a poco, iba echándose encima. El Sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo de ocre las nubes del cielo, haciendo que el frío y la humedad calaran en los huesos a Eneko.

«Ya casi estoy llegando, en seguida veré el tejado de nuestra casa», pensó mientras sus ojos se iluminaban de la emoción y apretaba el paso.

Al doblar el último recodo, ya saliendo del bosque, se detuvo horrorizado: el caserío ardía en llamas, y un fuerte olor a quemado se extendía por el aire. Sin pensárselo dos veces, salió corriendo, dejando el jabalí tirado en el suelo.

El paisaje era dantesco: la estructura del caserío, formada por varias vigas centenarias de roble, estaba prácticamente calcinada por el fuego; el tejado, hecho de robustos tablones de madera de haya, había desaparecido por completo. Tan sólo quedaban en pie las gruesas paredes de piedra, que no habían podido ser destruidas pasto de las llamas.

Todo, absolutamente todo, estaba perdido. De repente, un sentimiento de inquietud invadió su cuerpo.

—¡Madre! ¡Madre! —gritó desesperado mientras buscaba entre los restos calcinados, abrasándose las manos con el fuego.

Impotente, se arrodilló y empezó a golpear el suelo con sus puños, que se fue tiñendo del rojo de su sangre.

—¡Maldita sea! ¿Qué demonios ha pasado aquí? —imploró al cielo con las lágrimas brotando de sus ojos.

Como si se escuchasen sus plegarias, una voz no muy lejos de él surgió de la oscuridad, que ya era completa.

—No busques más, Eneko: tu madre está muerta. Lo siento mucho, pero no pude hacer nada para salvarla —dijo la voz quejumbrosa de Xalbador, uno de sus vecinos—. Han sido los soldados del conde de Eunate, nuestro vil enemigo. Cegados por el hambre han ido caserío por caserío, intentando llevarse lo poco que nos quedaba —prosiguió—. Ya sabes cómo es tu madre: se ha negado rotundamente, enfrentándose a ellos con valentía. Como represalia, han quemado el caserío con ella dentro. Intenté impedirlo, pero me molieron a palos, dejándome aquí malherido.

—¡Nooooo! —gritó con rabia Eneko, llorando desconsolado—. Primero perdí a padre y ahora a madre. Por no tener, ya ni tengo el caserío que ha sido el hogar de mi familia desde hace tantas generaciones. Sin fuerzas se quedó dormido, aferrado a sus recuerdos.

Por la mañana hizo lo único que podía hacer alguien que ya no tenía ni dónde caerse muerto: alistarse en el ejército español.

—Hijo, ¿cuál es su nombre? —le preguntó con voz paternal un sargento veterano, que se encargaba del reclutamiento.

—Ene…, ¡Íñigo! —se corrigió, utilizando la traducción de su nombre en castellano, como queriendo empezar una vida de nuevo.

—Supongo que también tendrá apellido, ¿no, Íñigo?

—¡Jorajuría, señor! —respondió, recordando con orgullo el apellido de su familia.

—De acuerdo, recluta Jorajuría. ¡Partiremos mañana al alba!

—¡Vengaré su muerte, madre!, ¡y también repararé el ultraje de haber destruido nuestro hogar! —gritó Eneko a pleno pulmón entre las ruinas calcinadas del caserío, antes de partir hacia su nuevo destino—. ¡Lo juro por este lugar!

El sonido de un lobo se oyó en la lejanía, al otro extremo del bosque, emitiendo un largo y fuerte aullido, como queriendo transmitir toda su fuerza a Íñigo Jorajuría, el nuevo Eneko.


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