La promesa

14 oct 2025 · 4 mins

«¡Ya eres mío!», se dijo el joven Eneko mientras vigilaba con impaciencia el camino por el que un escuálido jabalí descendía por la ladera del monte para saciar su sed en el arroyo. Hacía ya unos días que lo tenía localizado: lo habían delatado las huellas de sus pezuñas, marcadas de manera muy profunda en el sendero, y el rastro de los me-chones de su pelo recio, enredados en las zarzas que estrechaban el camino.

—Recuerda, Eneko. Para cazar un jabalí lo primero es encontrar su rastro y colocar un lazo para atraparlo –le había dicho su padre hacía ya algún tiempo, mientras se sacu-dían el frio del cuerpo calentándose en la lumbre del caserío en el que vivían—. Debes utilizar un alambre fuerte y grueso y tienes que hacer un nudo corredizo de esta mane-ra. Así, cuanto más tire el bicho, más quedará atrapado. Asegúrate de atar el otro ex-tremo del alambre, anudándolo lo más fuerte posible a algún árbol cercano.

—Sí, padre —asintió Eneko, atento a sus explicaciones.

—Los jabalíes son muy listos. Procura que no te huela, porque si lo hace no caerá en la trampa. Si consigues atraparlo utiliza esta hacha para asestarle un golpe mortal —continuó explicando el padre—. Si lo dejas malherido, ya puedes salir corriendo como alma que lleva el diablo para salvarte.

—Sí, padre —volvió a asentir Eneko, al tiempo que guardaba el hacha en su morral de piel de cordero que siempre llevaba con él a todas partes.

Un poco antes de esconderse, Eneko había colocado el lazo en el sendero. Para camu-flar su olor se había restregado todo el cuerpo con un manojo de flores que había arrancado de cuajo, de las pocas que salpicaban el prado en el que se encontraba. Acuciado por el hambre, no pudo evitar dar un bocado al aire como si saborease la miel que hacía su madre con aquellas flores, y de la que ya no quedaba ni rastro en la alacena.

—Está siendo una época muy dura. En la aldea está muriendo mucha gente de hambre —le había escuchado decir a su madre.

—Yo cada vez estoy más débil —había comentado el padre, con un hilillo de voz casi imperceptible.

No tenían apenas nada que llevarse a la boca. Casi no había llovido, así que la cosecha había sido muy escasa.

El crujir de la hojarasca hizo que la adrenalina de su cuerpo se disparase, poniéndolo aún más nervioso.

—Eneko, no puedes fallar. Yo ya no puedo acompañarte a cazar, sería un estorbo para ti —le había dicho su padre—. Necesitamos comer. Con un jabalí nos aseguraremos el alimento durante una buena temporada.

El animal se iba acercando lentamente, olisqueando con precaución, mientras Eneko empuñaba con fuerza el hacha, decidido a conseguir su objetivo, cada vez más nervioso. Permaneció inmóvil hasta que los gruñidos de desesperación del bicho al caer en la trampa rompieron el silencio y tensaron al máximo sus músculos. Como un poseso se abalanzó sobre el animal, asestándole un hachazo certero en el cuello del que brotó un abundante torrente de sangre. El jabalí se retorció hasta caer al suelo fulminado, mien-tras Eneko, bañado en sangre, recordaba emocionado la última conversación con su padre.

—Hijo, cuida de tu madre —le había dicho un poco antes de morir, sentenciado por el hambre—. Ahora tú eres el hombre de la casa. Te quiero mucho.

—Sí, padre —había asentido Eneko por última vez, derrotado y abatido, mientras las lágrimas humedecían sus ojos—. Se lo prometo.


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