¡Hasta luego, papá!

2 mar 2026 · 2 mins

Querido papá:

Te fuiste hace unos días, un poco antes de alcanzar tu meta vital, que era la que hace un tiempo, cuando aún te carburaba la cabeza, me dijiste que sería la de alcanzar los noventa años de edad. Ese límite se cumplía el diez de marzo, que siempre estará marcado en el calendario como el día de tu cumpleaños. El destino ha querido que también quede marcado el veinticuatro de febrero, como la fecha en la que nos dejaste. Aunque estrictamente has fallecido con ochenta y nueve años, si contásemos el tiempo que estuviste en la tripa de la abuela Lucía, has cumplido con creces tu promesa.

En esta última semana en la que has estado dormidito en el hospital, nos ha dado tiempo a despedirnos de ti. Hasta esperaste a que tu mujer Hilaria y tu hermana Elisa te hicieran una última visita antes de irte. El tiempo que estuve a solas contigo te sujetaba la mano y no paraba de decirte que todo estaba bien y que no te preocupases de nada; que tu padre (el abuelo Gabriel) y tu madre (la abuela Lucía) te esperaban al otro lado, junto a tus dos hermanas y tus cuñados, reunidos alrededor de una olla de garbanzos; que tu perrita Lola, de la que tanto me has hablado durante todos estos años, ladraría al verte otra vez, esperando a recorrer contigo los campos de los alrededores de tu pueblo natal, Aliseda; que podrías cultivar de nuevo aquellos tomates tan ricos como lo hacías en la huerta donde pasé mi juventud, pero esta vez en el terrenito que tenías reservado allá arriba, en tu pedacito de cielo; que podrías irte a pescar y a recoger plantas medicinales como te gustaba hacer antes, sin las limitaciones del cuerpo tan maltrecho que dejabas en este mundo; y que, sobre todo, podrías beber todo el agua que quisieras y que te tuve que negar (no sabes con que dolor) en los últimos momentos para evitar atragantamientos.

De vez en cuando vuelven a mí los momentos vividos contigo y se me escapan las lágrimas de repente, porque sé que ahora ya sólo vivirás en mis recuerdos, que se irán diluyendo con el paso del tiempo. Sé que ni tu fuiste un padre perfecto ni yo fui un hijo ejemplar. Pero también sé que lo intentamos hacer lo mejor que pudimos.

Te quiero, papá.


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