El primer día

2 abr 2025 · 5 mins

Hace mucho tiempo que no había escrito nada en este diario.

De hecho, revisando las entradas del blog, he visto que la última fue escrita prácticamente a finales del año pasado, el día de Nochebuena, y eso es demasiado, teniendo en cuenta que una de las metas que me había autoimpuesto al comienzo del curso escolar, allá por el mes de septiembre, era, precisamente, el escribir con más frecuencia.

Desde entonces, han sucedido varios temas familiares, en los que mi Parkinson —por una vez desde hace mucho mucho tiempo— no ha sido el actor principal, y que han hecho que se vayan al traste todos mis planes de estudiar música o inglés, o alimentar este famélico blog con más material.

El detonante que me ha sacado del letargo literario sucedió hace unos días, muy de mañana, mientras mi cuerpo físico hacía cola para coger cita en el centro de salud, y mi mente permanecía en stand-by, a cientos de años luz, intentando que el tiempo pasara lo más rápido posible.

Una voz familiar me trajo de nuevo al ahora, de manera instantánea.

— Hola tío

Era Ibai, mi sobrino, que me había reconocido en la cola, vestido con un buzo de trabajo.

Muchas veces he hablado —o mejor dicho, he escrito— en este blog de mis sobrinos, Nahia e Ibai.

Ya casi tienen dieciocho años, y los dos siguen estudiando: Nahia bachillerato, hincando sus codos estudiando, preparándose para la universidad; Ibai dedicándose a la formación profesional de la electricidad y la electrónica, con el objetivo de hacer grado medio e ir por la rama de la robótica.

Al ver a Ibai, recordé que mi madre me había dicho que iba a empezar a hacer prácticas de electricista, en una empresa de la localidad.

Conforme se iba alejando, con su almuerzo de media barra de pan en una mano, cual trabuco bandolero, camino de su primer día de prácticas, la llama de la inspiración literaria intentó prender dentro de mí, como si se girase la llave de contacto de un vetusto coche y su motor intentase arrancar, tosiendo una y otra vez, con voz ronca, después de estar mucho tiempo parado y sin movimiento.

La idea era hablar de mis primeros días: el primer día que ejercí de hermano mayor; la primera vez que empecé a trabajar; la primera vez que me sentí el dueño del mundo al coronar la cima de un monte…

Se me iban ocurriendo un montón de “primeros días”, pero era todo muy inconexo, y, si me apuras, hasta un poquito artificial.

He dejado reposar esta entrada hasta el día de hoy, porque en realidad, mirando en mi interior, lo que me pedía el cuerpo era hablar del primer día de otra persona: Dionisio, mi padre.

El diez de marzo cumplió ochenta y nueve años, y hace como unos cinco meses que empezó a perder un poquito el rumbo: Su memoria a corto plazo fallaba cada vez más; cada vez estaba más nervioso y le fallaban más las piernas.

La mente de mi padre, poco a poco, se ha ido apagando, al igual que la fuerza de sus piernas.

Lo primero que ha perdido es la noción temporal: No sabe ni el día ni la hora del ahora.
Para él, un reloj analógico es todo un misterio, hasta el punto de tener que desterrarlos de casa, dejando tan sólo uno digital con el formato de doce horas, y ni aún así…

El hecho de que la hora avance es, para él, todo un misterio: Se pasa el tiempo mirando el reloj digital, escudriñando en lo más profundo de su mente el porqué de que el guarismo de la hora se incremente en uno al llegar el minutero al número sesenta, reseteándose, como por arte de magia, a cero.

Era el momento de tomar una decisión: La de que acudiera a un centro de día.

Primero por él, porque allí iba a estar cuidado y entretenido, y le iban a hacer “trabajar”, tanto física como mentalmente, ocho horas al día.
Y segundo por mi madre, que es la que realmente está pendiente de él las veinticuatro horas del día, sin tener tiempo para ella.

Mención aparte tiene el hecho de que ir al centro de día, para él y para todos sus compañeros, es como ir a trabajar, porque, según él, les ponen a colorear o a hacer gimnasia, y les preguntan, una y otra vez, las mismas cuestiones, para intentar memorizarlas en su maltrecha cabeza.

Para mi padre, desde hace un tiempo, todo comienza prácticamente desde cero en cuanto se despierta, en su particular día de la marmota.

Para él, todos los días son su primer día.

El primero, del resto de su vida.

El primer día

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